sábado, 13 de junio de 2015

POSDATA

Una tarde, mientras bajaba la calle, observé el quiosco. La señora que lo atendía desde que yo tenía uso de razón había cambiado la decoración de los cristales. Ahora los viejos carteles de películas españolas que podías conseguir gratuitamente con tus revistas, habían dejado paso a seis o siete papeles impresos imitando un periódico en cuya portada podía leerse en gruesas letras negras: “DAILY NEWS”. No creía que la quiosquera supiera inglés, así que pensé que quizás hubiera elegido aquellos recortes para dar una imagen más moderna. Parecía como si todos quisiéramos hacerlo.

Fue justo en aquel momento cuando me di cuenta del cambio constante en el que vivíamos. La música, por ejemplo, nos parecía entonces mucho mejor si era inglesa o estadounidense porque si la escuchabas en español, podías entender la letra y supongo que todos preferíamos dejarnos llevar y esperar que la canción, en realidad, quisiera decir lo que imaginábamos. Con la ropa pasaba lo mismo. Nadie quería llevar una camiseta de Fórmula V; sin embargo, no había día en que en el instituto no viese, tanto a chicos como a chicas, con alguna de los Beatles, los Ramones o alguno de esos grupos de “desarrapaos”, como los llamaba siempre mi abuela. Yo incluida. Lo que un día nos parecía maravilloso, al día siguiente podía estar condenado irremediablemente al olvido y, años más tarde, comprendí que yo también me encontraba en esa rueda de vaivenes constantes, dando tumbos sin saber muy bien hacia dónde iba, dejándome llevar por la multitud. Había pasado mi vida creyendo que no me gustaban los cambios, ¡por Dios, si hasta me enjabonaba todos los días en el mismo orden! Estaba plenamente convencida de ello pero, cuando llegaron, dejé que se quedaran exactamente como hicieron todos los demás.

Supongo que si de algo tuve suerte, fue de que los dos o tres años en los que sentí aquel enorme cúmulo de movimientos, sensaciones y experiencias más cercano fueran exactamente los que aquellos, porque no sé si un tiempo más adelante hubiera podido soportarlos. Unos meses antes de empezar la universidad, mi madre engañó a mi padre y tuve que irme con él al otro extremo de la ciudad. Al principio habían optado por dejarme con ella, como en casi todos los casos; el problema era que el hijo de él me parecía imbécil. Por eso, cuando me preguntaron, respondí que prefería mudarme y allí llegamos los dos, a un piso de sesenta metros cuadrados con una calefacción que rara vez funcionaba y que, cuando lo hacía, nos llenaba el suelo de gotas amarillas que bajaban resbalando entre los tubos del radiador. No era ningún palacio, pero mentiría si os dijera que  el tiempo que pasé allí no fue el mejor de mi vida. Todavía me quedaba un año antes de emprender mis andanzas universitarias, por lo que mi padre me inscribió en un instituto que se encontraba bastante alejado. Yo misma se lo pedí así. No quería vecinos en el instituto ni nada por el estilo; la vida familiar era la vida familiar y la social era la social. Había aprendido que mezclarlas podía ser peligroso.

Creo que no llegué a asistir ni a dos jornadas lectivas completas. Nos pasábamos el día en la playa fumando –aquellos que lo hacían y entre los que no me incluía– y pasando las horas con un extraño juego de cartas del que aún hoy no me sé las reglas. Nunca gané.

            Pronto mi rendimiento comenzó a bajar, pero mi padre hacía tiempo que no era mi padre y se limitaba a mirar las notas en silencio. Yo lo comprendía. Además, en aquel momento era lo que más convenía a mis intereses, así que no hice nada por cambiar la situación. No obstante, he de admitir que por aquellos años mi vida perdió el rumbo. La gota que colmó el vaso fue conocer al hombre inadecuado. Estaba casado y yo lo sabía, pero con diecisiete años, poco o menos me importó meterme entre sus sábanas enredando su vida. Un año después se separó y, echándome la culpa, se fue. Nunca más volví a saber de él, aunque por ironías de la vida me enteré, años más tarde, de que había dado clases durante unos meses al que después sería mi marido. Dos vidas destrozadas por la misma mujer en la misma aula, podría tener hasta gracia, aunque a mis hijos no se lo pareció y terminaron yéndose con su padre, como años antes hiciera yo. Tal vez os preguntéis si me sentía sola, pero lo cierto es que no. Y tampoco me sentí nunca culpable. ¿Por qué habría de hacerlo? Solo estaba tratando de vivir, como el resto de presentes en aquella función. No era imbécil; en el fondo sabía que algunas decisiones no habían sido las correctas, pero también que poco podía hacer ya por cambiarlas y –quizás excusándome en mi edad– me dejé llevar aún más por los vicios que había ido reuniendo a lo largo de los años. Si hubiera tenido que contar todas las vidas que desgracié en uno u otro sentido, no habría tenido manos suficientes ni aunque me hubiera ayudado Visnú.

Y así seguía mi vida año tras año; las personas iban y venían pero nunca se quedaban. No puedo reprochárselo.

            Durante los años en los que una mujer debería haber estado rodeada de su familia y amigos, discutiendo, reuniéndose los domingos a comer y saliendo a pasear o a tomar el vermut, yo estuve sola. Llegó un momento en el que comencé a acudir a misa –sin haber pisado una iglesia antes– en un intento desesperado de que aquella fuera la solución a mis problemas. No lo fue. Acudí allí cada domingo de los años siguientes; sin embargo, no hubo ni una sola duda. Jamás sentí quemazón en el pecho, una revelación ni nada por el estilo. Quizá simplemente no lo intenté con ganas. Lo único que puedo decir, ahora que me encuentro en mi tiempo de descuento y que no tengo a nadie con quien conversar o a quien reprocharle nada, es que me pasé la vida esperando un cambio que nunca llegó. Toda una vida malgastada en la parada de un tren que ni siquiera existió.

Aún puedo cerrar los ojos y sentirme como aquella adolescente que se saltaba clases en la playa, pero ya nunca podré mantener el sentimiento si los abro. Por eso he escrito esta carta, que llega a su fin sin muchas pretensiones de ser leída. Por eso quiero advertir del error que conllevan las decisiones mal tomadas, que no es ni la mitad del que conllevan las que nunca se tuvo valor de tomar.


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