viernes, 13 de marzo de 2015

TRES DE LA MAÑANA

Tres de la mañana; hora de empezar. El osito salta desde la estantería seguido por todos sus fieles amigos: el pato, el tigre, la zarigüeya, el perro, el gato y muchos más. Sus blandos cuerpos caen en décimas de segundo. Todos conocen la posición que han de ocupar. Han cubierto cada ángulo de la habitación y ahora contemplan a la niña dormir. Su cabello, dorado como el de su padre, le cae en ondas sobre la cara y los ojos, por esa postura tan extraña que adopta por las noches abrazándose a la almohada. El oso se encuentra sentado junto a su cabeza, pero solo porque sabe que pesa tan poco, que ella jamás se despertará por su culpa. Nunca pondría en riesgo ni un minuto del sueño de ese ángel. Sus manitas de algodón la acarician y se queda observando el vaivén de su respiración, tranquila y serena.

Acto seguido, desciende de nuevo al cálido parqué y recorre la estancia asegurándose de que cada uno ocupa el lugar correcto y se prepara; la hora se acerca… Así los encuentra a todos, dispuestos a prestar batalla justo en el momento en el que el picaporte comienza a girar. Habría sido un ruido imperceptible para el oído humano, pero no para los suyos, que llevaban años realizando el mismo trabajo. En ese instante, sus cabecitas giran en la misma dirección y observan cómo la puerta comienza a abrirse con suavidad. Todo está en aparente calma cuando aquella cosa irrumpe en la habitación. Desprende una terrible pestilencia y lo único que se distingue de ella en aquella angustiosa oscuridad, son sus centelleantes dientes blancos y sus garras metalizadas que lanzan destellos cuando la luna los ilumina.



Ambas partes participan en un juego que no les es nuevo. Por ello, aunque lo encuentra todo en su sitio al entrar, el monstruo sabe que algo tiene que ocurrir, como ha venido sucediendo desde tiempos muy anteriores a aquella noche. Avanza con cautela pero con ansia los escasos metros que le separan de la chiquilla, pues sabe que, de haber alguna, su ventaja será la rapidez. Ha soñado mucho con ese instante, incluso cuando nadie creía que un ser como él fuera capaz de hacerlo. Una y otra vez le ha sido negada la oportunidad y, una vez más, sospecha que la razón está en esa extraña fuerza de que disponen sus enemigos. Algo así como magia, algo que lo complica todo y lo vuelve del revés. Se queda callado y escudriña sin lograr vislumbrar nada.

Entonces, el osito es quien da la orden y el pato y la zarigüeya saltan desde los armarios hacia la espalda de aquel horrendo ser. Tratan de llegar a sus ojos para cegarlo y que, de esta manera, se vea obligado a retroceder. Sin embargo, el monstruo se sacude con violencia y consigue quitárselos de encima. Mientras tanto, el tigre, el perro y el gato tratan de inmovilizarle las extremidades y las fauces, siendo derrotados. Todos vuelven a la carga una y otra vez, incansables, pero él no va a desistir tan fácilmente aquella noche; lleva demasiado tiempo, ¡lo desea tanto! Sigue avanzando y quitándose a los atacantes de encima con asombrosa facilidad. Ya casi tiene a la niña, casi puede rozar su piel… Y en el último instante, un nuevo obstáculo se interpone entre ambos: es el osito, jefe de la avanzadilla. Considerándose ya ganador de aquella contienda, al monstruo le entran ganas de reír. ¿De verdad aquella diminuta cosita piensa impedirle algo? Es ridículo. Se imagina a sí mismo devorando todo su algodón y la sola idea le concede más fuerza todavía. Se dispone ya a lanzar el zarpazo final en aquella eterna guerra, pero no puede. Vuelve a intentarlo pero hay algo que le bloquea el camino. Una protección que no entiende, que le impide una y otra vez alcanzar su objetivo.

Si hubiera sido posible, el oso habría comenzado a sudar. Le tiemblan las patitas y no sabe cómo va a salir de esa situación. Se encuentra asustado, pero sabe que ha de mantenerse allí; entre eso y su protegida. Ve cómo el monstruo trata de quitarle de en medio pero no puede y eso le hace sentirse más confiado. Es cariño –se dice de pronto–; es cariño lo que me protege. Y mira a la chica, que sigue durmiendo como si nada pudiera atormentarla.

         Y es en ese preciso momento en el que el oso sabe que está completamente a salvo, puesto que no hay nada que aquella cosa pueda hacer contra la defensa que él lleva encima; la más grande que se puede tener. Por eso el monstruo está retrocediendo; porque sabe que el oso está dispuesto a deshilacharse por aquella niña y eso es suficiente para que jamás pueda tocarla.

Habiéndolo comprendido, regresa al umbral de la habitación y después desaparece para no volver hasta la noche siguiente. Ellos se relajan; la zarigüeya, el pato, el tigre… Todos vuelven a sus sitios para reponerse y descansar, velando a su vez el sagrado sueño de su dueña.


Es así, perfectamente colocados, como les encuentra ella a la mañana siguiente. Se acerca y los examina; siempre le parecen cansados a esa hora, pero no tiene tiempo para mucha demora porque llega tarde al cole. No obstante, no puede evitar que dentro de ella surja algo que le empuja a besarles, arroparles y acariciarles con cariño y devoción antes de salir con una sonrisa en la cara. Ha dormido bien.

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