viernes, 6 de marzo de 2015

Caperucita

Iba Caperucita por el bosque, llevando una cesta con comida a su abuelita. Su madre se lo había encargado, como siempre, puesto que ella estaba demasiado ocupada viendo la tele-tienda y bebiendo cerveza en el sofá.

         Los prados estaban verdes y no hacía ni el frío de las semanas pasadas ni el calor sofocante del verano. La temperatura era perfecta. Tanto, que Caperucita se encontraba inusualmente contenta. A lo lejos solo se veían las verdes colinas cubiertas por una delgada capa de césped que, aun eternamente pisada por la gran variedad de animalillos que poblaba aquel lugar, se mantenía fresca y hermosa en cualquier época del año.

¡Joder, cómo pesaba la cestita! Se detuvo a examinar su contenido con cuidado y observó una gran cantidad de latas de atún. ¡Ni que su abuela fuera un gato! También había té, plantas y todo tipo de pastillas: redondas, ovaladas, cilíndricas, en cápsulas o en comprimidos y de cualquier color humanamente imaginable. ¿Para qué sería cada una? No creía que su abuelita tuviera tantísimas enfermedades, aunque… ¡quién sabía!… Hacía mucho que no la veía ni hablaba con ella. Solo por probar, cogió una de las redondas de color rosa y se la tragó. Todo comenzó a dar vueltas a su alrededor. ¡Qué mareo!...  Se tumbó un momento en la ladera de un río, a ver si se le pasaba aquella sensación. Sin embargo, al levantarse de nuevo,  se dio cuenta de que aquello había sido un error; ahora todo giraba mucho más que antes. Los árboles variaban de altura, los conejos le sacaban la lengua y las truchas le hacían señas desde el agua para que fuera a bañarse con ellas.

         Así lo hizo. Se quitó la ropa y saltó de golpe. Antes de que le diera tiempo a reaccionar, estaba siendo arrastrada por la corriente hacia ningún lugar. No podía respirar; el agua entraba en sus pulmones con la fuerza de un huracán y se sentía demasiado débil como para poder agarrarse a algo. De repente, sintió un mordisco en un brazo. No estaba segura de si sangraba o no, porque la temperatura gélida del agua ejercía un potente efecto anestésico y no sentía ninguna parte de su cuerpo. Sin saber muy bien cómo, apareció de nuevo en la orilla, sana y salva.

Cuando miró alrededor, vio que un enorme lobo negro se hallaba a su lado, empapado y observándola con minuciosa atención. Recordó fugazmente el mordisco. Mantuvieron un instante la mirada clavada uno en los ojos del otro. Sonrieron. Entonces caperucita se levantó dispuesta a recuperar su cesta de las maravillas y, con ella, su fiel y nuevo acompañante. Ambos recorrieron en sentido inverso la distancia que la chica había descendido de manera poco ortodoxa y llegaron al claro donde minutos antes se había encontrado tirada. La cesta seguía allí, como era de suponer. Fue entonces el lobo el que se acercó a examinarla más a fondo. Olisqueó las latas de atún y apartó el hocico, aterrado por la peste que desprendían. Cuando se hubo recuperado, también reparó en las pastillas y, sin mediar aullido, se tragó un par. Caperucita lo miró, impasible; luego se encogió de hombros y le imitó, probando esta vez las que eran de color azul.

Niña y lobo recorrieron los bosques de la mano. Sí; él ya no tenía patas; tenía manos. Ambos reían aunque no sabían por qué. Esta vez habían llevado la cesta con ellos y paseaban tranquilamente sin rumbo fijo. Conejos, ardillas, patos… todos aplaudían a su paso, les hacían reverencias y ponían alfombras de margaritas a sus pies. Al final del camino se divisaba una casita de madera, con árboles frutales en la entrada y columpios de ensueño a los alrededores.

         Recordó entonces Caperucita el propósito inicial de su viaje y lo compartió con su nuevo amigo. En seguida entraron ambos en la casa y vieron a la abuela sentada en el sofá, mirando la televisión apagada. Ella se giró y les saludó riendo a carcajadas. Acto seguido, extendió el brazo y abrió la palma de la mano. Tenía más pastillas; de nuevas formas y colores y eran solo para ellos. Se acercaron confiados y las cogieron, hasta la última. El efecto se multiplicó. Los adornos de la casa estaban vivos ahora. Caperucita sudaba y el lobo aullaba. La abuela reía frenéticamente. Todo comenzó a dar vueltas en los ojos de la niña, los colores se mezclaron en una especie de espiral y terminó por caer al suelo, rendida.

Minutos, horas o días más tarde abrió los ojos. No conseguía enfocar una imagen nítida y le dolía mucho la cabeza. Tras varios intentos, logró estabilizar un poco la visión y, aguantando las náuseas, se incorporó. Su abuela yacía en el sofá, destripada y en la encimera de la cocina había un lobo muerto. La sangre adornaba toda la casa, las paredes, los cuadros. Casi parecía arte moderno.

         Se rascó la cabeza, confusa; no entendía nada. Miró un par de veces a su alrededor, cogió la cesta y se fue por donde, suponía, había venido.

         Le costó un poco encontrar el camino de vuelta a su casa debido al mareo. Sin embargo, el trayecto le era tan familiar, que podría haberlo hecho con los ojos tapados. Al entrar en casa, su madre seguía exactamente en la misma posición en la que la había dejado la última vez.


         —La abuela no estaba en casa –dijo y, sin mediar palabra, se dejó caer en la cama.

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