lunes, 10 de noviembre de 2014

Guantes Remendados


Se puso los pantalones y salió. No creía haberse dejado nada dentro y esperó que así fuera porque no estaba segura de poder encontrar el piso de su acompañante de nuevo. Tampoco tenía su nombre ni su número. Se concienció antes de abandonar el ascensor y solo cuando enumeró todas sus pertenencias abandonó el edificio. No era muy tarde aún, los autobuses continuaban pasando con relativa frecuencia. Se sentó en la parada más cercana que encontró y en seguida estuvo rumbo a casa.

Hacía tanto frío que sus guantes, aun remendados, no conseguían aislar sus dedos y parecía que estos iban a caerse al suelo de un momento a otro. Ya ni los sentía. Al bajar, tropezó con el carrito de un anciano que subía por donde no era y cuando no debía. Mientras él, malhumorado, soltaba improperios de toda clase, el resto del autobús la miraba con reprobación, incluso aquellos que no habían visto lo ocurrido. Ella, aún en el suelo, se quedó observando todas esas caras iracundas que parecían lanzarle puñales mientras el aire entraba con fuerza en sus pulmones, quemándolos, fruto del frío y la agitación. Se recompuso con rapidez y reanudó su camino hasta el portal. No le costó mucho encontrar la llave en los bolsillos, totalmente despejados.

Al entrar, todo estaba envuelto por la extraña y cargante tranquilidad de siempre. No se escuchaba nada más que la televisión, a un volumen que se le hacía forzoso distinguir. Cruzó la puerta del salón y encontró a su madre sentada en el sofá; tenía la mirada cansada y la cara ojerosa. Él no estaba. Sin saludar, entró a la cocina y se probó un trozo de empanada; estaba un poco seca. Se metió en el pijama y se desplomó en la cama, aún deshecha de la noche anterior. El frío era insoportable; la calefacción había dejado de funcionar largo tiempo atrás y ahora las humedades, las goteras y algún que otro desconchón eran las únicas obras de arte que se apreciaban en las paredes. En sus horas muertas, ella jugaba a entrever rostros y figuras en ellas, justo como hacía cuando era pequeña.
Las horas pasaban muy despacio y no tenía sueño, así que se dedicó a dar vueltas hacia un lado y hacia el otro de la cama.
En mitad de la noche, entró su hermano pequeño y ambos se acurrucaron juntos para darse calor. Cuando se durmió, observó las rojeces de los nudillos y la nariz azulada de su compañero de fatigas. Después, no solo no concilió el sueño, sino que las lágrimas comenzaron su excursión nocturna y le dejaron las mejillas aún más frías de lo que estaban habitualmente. Por fin, la mañana llegó y, con ella, una nueva oportunidad. O aquello solía decir su madre. Se levantó pero dejó que su hermano continuara durmiendo un poco más. Olía a café; su madre ya estaba despierta. Hablaron un rato de todo y de nada, sin mucho interés y llegó la hora de marchar. Se puso el uniforme y salió.

Llegó demasiado pronto a la cafetería y tuvo que esperar un rato para poder entrar. Después, puso a calentar la cafetera y comenzó a atender a los clientes más madrugadores. Llegaron un par de adolescentes con sus cuadernos mientras charlaban sobre las clases y ella les envidió. No había podido ser. Volvió a la realidad y continuó con sus tareas hasta que finalizó su turno a la hora de comer.
Antes de ir a cambiarse, observó que un hombre bastante mayor la miraba desde una mesa. No hizo falta mucho más; se fueron juntos. Pasearon largo rato, callados, de manera innecesaria y terminaron en su casa. No estuvo mal, habían comido y había sido divertido, pero como siempre, tenía que volver.

De nuevo, se puso los pantalones y salió, repitiendo el mismo procedimiento de todos los días. Aquella vez tampoco se dejaba nada. Hacía un poco menos de frío que la noche anterior, pero seguía siendo mucho. Ya en el autobús, echó un vistazo al móvil; tenía una llamada perdida de su hermano. Le llamó de inmediato sin obtener respuesta e, inquieta, bajó a trompicones del vehículo -esta vez por la prisa- y corrió tan rápido como sus piernas le permitieron hasta llegar a casa. Cuando entró, empujando la puerta más que abriéndola, vio a su padre en el sillón. Las latas de cerveza tiradas por el suelo entorpecían el paso; las apartó de una patada y entró en la habitación. Su madre estaba tendida en la cama, con la cara amoratada y un hilillo de sangre discurriendo por la boca. Apartó a su hermano y llamó a una ambulancia. Cuando esta llegó, se aseguró de que él la siguiera y, antes de salir, lanzó a su padre la mirada con más odio que recordaba haber puesto jamás. Subieron al vehículo y mientras ella contestaba a las preguntas, su hermano permanecía callado, como siempre. Había mucho ajetreo y los médicos no cesaban de hacer pruebas, incisiones y curas a su madre. Parecía más grave que otras veces. Cuando bajaron, ya no había nada que hacer, aquel había sido su último viaje en ambulancia.

Después de tranquilizarle lo mejor que supo, dejó a su hermano con una enfermera que se ofreció, muy amablemente, a cuidarle y abandonó el hospital con la excusa de ir a recoger los documentos necesarios para el papeleo. Entró de nuevo en la casa. Todo seguía exactamente igual con la diferencia de que el salón se hallaba desierto. Rezó por encontrarle durmiendo, como efectivamente sucedió, y no pudo reprimir el odio. Se acercó con sigilo, aunque en aquel estado ni una demoledora podría haberle despertado, y cogió una de las almohadas que se encontraban tiradas en el suelo. Estaba bastante vieja y tenía elefantitos morados dibujados, creía recordar que era de cuando ella era pequeña. No le importó en absoluto; la aplastó contra su cara. Él tardó unos momentos en reaccionar y cuando lo hizo, fue tan patético que podría habérselo ahorrado. Lo único que consiguió fue dar un par de patadas a la nada y balbucear dos cosas sin sentido que llenaron la estancia de aroma a alcohol. Después cesó. Ya estaba hecho. Lo único que lamentaba era haber tenido que esperar a que la situación se le fuera de las manos, cuando llevaba deseándolo desde que tenía memoria. Ojalá no hubiera sido tan cobarde.

Miró a su alrededor. Las cajas con las pastillas de su madre aún ocupaban toda la habitación y los aparatos de diálisis, donados por una ONG hacía muchos años, estorbaban ahora más que otra cosa. Sintió ganas de destrozarlo todo.

Pensó en su hermano. Confiaba en que, por ser menor, sería llevado a uno de esos hogares de acogida o de protección del Estado; no estaba segura de cómo se llamaban. De cualquier modo, ella no podía mantenerle con un sueldo de camarera; jamás podría pagarle los estudios y jamás podría asegurarle un futuro mejor que el suyo propio. Definitivamente, era mejor así.

Pasó largo rato examinando las cajas de los medicamentos y sus correspondientes prospectos; no tenía prisa. Al final, sentada en la cama, dudó entre un par de los que había encontrado y, cansada, decidió tomar ambos en cantidades ingentes mezcladas con todo el alcohol que pudo encontrar. La sabiduría popular aseguraba que aquello era lo que se debía hacer; tenían razón.

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