jueves, 6 de noviembre de 2014

DARÍO



Darío era un hombre joven pero tranquilo, de ideas claras y nada complicadas. Nunca se había visto en mitad de un enfrentamiento, si bien no los eludía intencionadamente. Toda su familia había nacido con el don de estar en el momento y el lugar equivocados, sin embargo, a él los problemas le rehuían como a la peste. Seguramente preferían alguien más activo intuyendo que, de probarle a él, se toparían con la más desgarradora de las indiferencias. Con la excepción, quizás, de uno solo de esos problemas.

Desde su más tierna infancia había tenido claro que quería vivir solo y en paz pero al llegar la hora de llevar su plan a cabo, descubrió con asombro cómo la realidad no quería ponérselo tan fácil. Había tenido que pasar los últimos siete años de su vida conviviendo con un espíritu. Claro, al alquilar la casa nadie le había advertido de aquello. Aunque debió haber supuesto que algo extraño había de ocurrir en la casa dado el precio del alquiler y aspecto de la casera, una mujer anciana con un par de verrugas en la nariz cuya risa siniestra habría sido aviso más que suficiente para cualquiera. Darío, en el caso de se hubiese percatado de esto, no le había concedido importancia. Y durante mucho tiempo pagó las consecuencias.

Cada mañana, sobre las cinco y media, se revolvía inquieto en la cama con la certeza incierta de quien sabe que le va a pasar algo, no sabe el qué y espera equivocarse. Unas veces era agua congelada lo que le arrojaba de golpe sobre la cabeza, cortándole la respiración unos instantes; otras veces eran insectos bajo las sábanas y toda clase de objetos repugnantes por la casa. En alguna ocasión había despertado con ecuaciones matemáticas pintadas en la cara con rotulador permanente y había debido permanecer, e incluso trabajar, toda la semana de aquella guisa.

Los primeros meses se le había hecho insoportable. La única explicación que daba la vieja casera era que, sin duda, todo estaba en su imaginación y llegó un momento en el que dejó de contestar sus cartas de angustia, de responder a las llamadas y simplemente entraba de noche en la casa a recoger el pago que él le dejaba en un sobre encima del recibidor. Ante aquello, Darío había dejado de insistir y decidió resignarse, a ver si así el molesto ente dejaba de acosarle. No fue así.
Una noche, más dormido que despierto y cuando tras tantos años la presencia del espectro era ya algo habitual, la vio. Una joven, sentada en una silla, le miraba... Los ojos, antaño de un verde que debía de superar lo imaginable, se hallaban ahora descoloridos pero igual de intensos. Se le clavaron en lo más profundo del alma.
Con el vello de la nuca erizado, sintió un frío que jamás encontraría palabras para definir. No sabría decir tampoco cuánto tiempo habían estado mirándose, pero calculó que fueron por lo menos un par de horas en las que ninguno abrió la boca. Había algo bello en aquella mujer, algo ciertamente sobrenatural. Todo estaba en su sitio y nada de su ser desconcertaba a la vista, más que su ser en esencia. La imposibilidad de la situación y lo extraño de aquella realidad hicieron el encuentro y la visión muchísimo más sobrecogedores.

-Bueno, ¿entonces eres tú quién me molesta todas las mañanas?- acertó a decir-.

Ella no contestó y desapareció. Por un momento quiso retenerla, pero ya no estaba. Algo había percibido en aquel ser que le había dejado con ansias de más. Él, amante de la soledad desde que tenía uso de razón, habría matado ahora por un minuto más de su callada compañía.

Al día siguiente, esperó impaciente a que su compañera de piso llevara a cabo su pequeña broma matutina, pero esta no llegó. Tampoco a la mañana siguiente, ni a la otra… Y así pasaron las semanas más angustiosas de su vida hasta que una noche inesperada, de pronto, se la encontró de golpe según entraba en la cocina. Del susto, los platos cayeron al suelo y por un momento temió haberla asustado. Sin embargo, cuando alzó la vista seguía allí. Aquella fue la primera vez que Darío experimentó alivio de verdad. Últimamente estaba consiguiendo identificar sentimientos desconocidos para él con relativa facilidad. Aún con el vaso de la cena en la mano, no se le ocurrió otra manera de captar su atención que vaciarle el contenido en la cara tal como hiciera ella muchas noches atrás con él. No se mojó, pero fue obvio que sintió el impacto del agua porque sus ojos se ensancharon un instante. Diría que hasta se agitó, pero se mantuvo en la misma posición. Giró la cabeza y le miró fijamente. Ninguno de los dos sabía muy bien qué decir o qué hacer, así que Darío se puso a fregar los platos y ella a contemplarlo, con expresión maravillada. Habían encontrado un calor extraño en la acción más cotidiana y no quisieron sentir más el frío que en uno dejaba la ausencia del otro.

Las semanas siguientes fueron confusas pero agradables. Darío había tenido que aprender a compartir su espacio con alguien que ni siquiera estaba en su dimensión y que ya no aparecía solo de noche. Se hacían compañía el día entero, aunque nunca cruzaban una sola palabra. No sabían siquiera si podían entenderse hablando ni si lo deseaban. Lo que estaba claro es que se sentían complementarios, un todo común que ambos formaban en cada mirada y que compartían mientras él realizaba las cosas más insignificantes que puede hacer un hombre y ella observaba como si fueran milagros realizados con asombrosa sencillez.

A veces se sentaban juntos y se miraban durante horas, otras veces ella se quedaba de pie, esperando en la puerta con impaciencia a que él volviera y casi todas las noches, se acomodaban juntos y Darío, por primera vez, veía la televisión acompañado. En esta situación se encontraban cierta madrugada cuando la casera irrumpió en su paraíso para recoger, como todos los meses, aquello que era suyo por derecho.


Esperaba, como siempre, encontrar la estancia vacía y triste. Sin embargo, en aquella ocasión, al entrar todo rebosaba vida, aun sin que pudiera detectarse ningún cambio aparente. Todo parecía igual que siempre, pero lo más importante era ahora diferente.
Le vio sentado en el sofá con los brazos rodeando la nada y mirando la pantalla del televisor con una expresión en el rostro que su mente solo supo calificar como pura. Sin saber cómo, sintió que se encontraba acompañado, pensó que tal vez se tratara de “felicidad” y no supo interrumpir. Recogió el sobre y salió sin hacer ruido.

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