viernes, 28 de noviembre de 2014

Al revés


Una vez un chico desapareció al observar sus ojos reflejados en la ventana de la habitación. El mundo se paró un instante y dejó de estar rodeado de revistas para estar rodeado de una niebla que no supo identificar. Después, el paisaje se definió y descubrió, con asombro, que se encontraba en una playa. En un instante, quedó maravillado por lo bonita que era. No había sol, o él no lo veía, pero sí una gran cantidad de nubes que daban al paisaje desierto un toque especial que le hizo sentir en casa. Casi esperó que le faltara el aliento de la impresión, sin embargo, fue la vez que mejor pudo encontrar el aire en sus pulmones. Buscó con la mirada alguien a quien poder preguntar por su ubicación; no había nadie. Se dedicó a pasear largo rato, siguiendo la interminable línea que marcaba la orilla y se quitó los zapatos. Hacía años que no veía el mar y no se había dado cuenta de lo mucho que lo extrañaba hasta ese momento. Además, la brisa cálida que acariciaba su rostro y le alborotaba el pelo le hacía sentir seguro y feliz. Qué extraño-pensó mientras disfrutaba de la sensación. Cuando decidió que aquella playa debía de ser interminable, se sentó a contemplar el ocaso desde la arena. Estaba bien: cada grano de arena, cada concha, cada alga…Todo parecía estar dispuesto como debía, ni más ni menos. Casi como ordenado por algo superior. Fácilmente aquel sentimiento podría haberse transformado en una disputa entre religiones por demostrar que su Dios era el causante de aquella maravilla. No había necesidad, ¿a quién le importaba? A él no, desde luego. Tirado en la arena, dejó el tiempo pasar y adelantarle mientras le decía adiós con la mirada. Acto seguido, todo comenzó a desvanecerse y quiso retener la arena entre sus dedos, pero no pudo. Un temor irracional le inundó con la sola idea de regresar a casa; nadie quiere vivir a oscuras cuando lo ha visto todo claro.


Por fortuna, el paisaje se manifestó como un bosque. Y, nuevamente, quedó extasiado. Había pensado que cuanto necesitaba para creer lo había visto en la playa, qué equivocado estaba. La corteza de los árboles, las plantas que crecían en la ribera de los caminos, las flores, los insectos… Todo palpitaba lleno de vida; incluso él. Con la misma emoción, recorrió todos los senderos que fue encontrando mientras estudiaba con devoción cada cosa nueva que descubría, incluidas las sensaciones inesperadas y los pensamientos fugaces que le abordaban un segundo y después desaparecían, dejando paso a otros nuevos. Decidió llegar hasta la cima pensando que, sin ninguna duda, la mejor vista habría de encontrarse allí. Se puso en marcha y no tuvo que orientarse de ningún modo, sus pies siempre habían conocido el camino. Llegó en poco tiempo y, efectivamente, de pleno que se sintió ante tal paisaje comenzó a llorar: la playa y otros lugares distintos se le antojaban lejanos, pero podía distinguirlos con claridad. Se preguntó si se encontraba en una isla. Quizá.
Hundió las manos en la tierra, respiró hondo, tocó el césped que crecía inundándolo todo con su particular olor y se tiró allí con los ojos cerrados.

Cuando los abrió, el paisaje había vuelto a cambiar y se asustó de verdad. Estaba rodeado de edificios; creyó que había vuelto. No obstante, no parecía que nada hubiese cambiado en su interior. Con prudencia, se acercó a la pared más cercana y apoyó su mano en ella. Los ojos se le desorbitaron y sintió la ciudad, cada ladrillo era un mapa de vibraciones. Rápidamente retiró la mano y entró en la primera casa que vio, descubriendo que todas las puertas estaban abiertas para él. Vio la escena en diferentes tonos de gris: un padre calentaba la leche del desayuno para sus hijos con total entrega, como si aquella fuera la tarea más importante del mundo y el universo se sostuviera gracias a ella. Seguramente para él lo creía así, por ello le dedicaba toda su atención. Al mismo tiempo, los niños correteaban a su alrededor y se lanzaban cereales sin que se diese cuenta. Casi podía oír sus carcajadas. La felicidad rebosaba tanto por las siluetas que tenía delante como por los muebles de la estancia y entonces comprendió que no era necesario encontrarse en un paraje desierto para sentirse completo. Aquella vez no tuvo que esperar a que la niebla apareciese de nuevo y le transportase a otro lugar, él mismo sintió que ya había entendido y decidió regresar.

De vuelta en su habitación, lo observó todo de otro modo. Algo debió de notarse en su conducta puesto que sus amigos comenzaron a decir que se había vuelto extraño y su madre le miraba preocupada mientras él perdía la vista en cualquier lugar. Su padre, alentado por los profesores, decidió llevarle a los mejores especialistas; todos decían que pasaba las horas en silencio y escribiendo cosas sin sentido. También múltiples médicos le examinaron y coincidieron en que el chico no estaba bien, aunque no sabían exactamente qué le pasaba y él repetía que se sentía, ni más ni menos, que como debía sentirse. Nadie le hizo caso y todos trataron de hacerle volver a su estado anterior, al que todos conocían y con el que se sentían más cómodos. Ni querían ni podían comprenderlo; no estaban preparados. Sin embargo, él continuó con su nueva vida. Cumplió de buen agrado con todos los tratamientos que le impusieron porque sabía lo importante que aquello era para sus padres, pero siempre estuvo seguro de que alguien que se hallaba equivocado no podía cambiar una verdad. Durante los siguientes años, perdió algunas relaciones que antaño habían sido necesarias para él, pero no nunca se perdió a sí mismo.

Con todo, nunca perdió la esperanza de hacer entrar en razón a la gente que conocía y trató de describir los sentimientos y las ideas que fluían por su mente como un río que se desborda, pero nadie consiguió verlo tan claro como él y solo obtuvo rechazo.

No hubo grandes debates, no surgieron nuevas visiones del universo y todo siguió su curso –completamente torcido-. En algún momento, la gente dejó de interesarse por su caso y sus padres se limitaron a aceptar que un día su hijo había entrado en la habitación siendo normal y había salido cambiado, incorrecto, erróneo; como si se hubiese estropeado. Pusieron de su parte por fingir que no pasaba nada y por apoyar al pobre muchacho, que sin duda debía de sentirse desamparado en su soledad, pero nunca volvieron a mirarle de la misma forma.

Ojalá alguien hubiera comprendido lo equivocados que estaban.






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