martes, 16 de septiembre de 2014

Five Years



—Entonces, está todo claro, ¿verdad? –el hombre que le había metido en aquel lío le miraba ahora fijamente–.

—Sí… pero, ¿cuándo podré volver? Quiero decir, me gustaría saber la fecha exacta; se suponía que el anterior iba a ser mi último trabajo…

—¿Te arrepientes? –el hombre levantó las cejas, extrañado–.

—Sí.

—Te he dicho muchas veces que es imposible saber con exactitud cuánto tiempo has de estar fuera; depende del estado en el que encuentres el satélite. Lo sabes de sobra, es como las otras veces.

—No, las otras veces no tenía una hija. ¿Quién va a cuidar de mi familia? No sé por qué accedí…

—Porque necesitabas el dinero… y aún lo necesitas. Soy tu amigo, sabes de sobra que cuidaré de ellas hasta que tú vuelvas.

Echó un último vistazo a su alrededor y vio algo que debía de haber pasado por alto las otras veces.

—¿Qué es eso? –preguntó–.

—Ah, he pedido personalmente que te lo instalaran. Es una excepción, por supuesto, pero he pensado que sería más fácil para ti tener algún tipo de contacto con la realidad de vez en cuando.

—¿Es…un monitor? –insistió–.

—Sí, está sincronizado de manera que podrás observar un parque. Nunca lo habrían aprobado de no ser por mí, por cierto.

—¿Un parque? ¿Qué parque? –en ninguno de sus otros encargos había tenido un parque monitorizado en la nave–.

—No lo sé, yo solo sugerí la idea. Estará operativo todos los días desde las 15:00 hasta las 20:00 horas; después se apagará automáticamente. No es bueno que te quedes pegado a esa pantalla.

—¡Uy, no, por favor! Saldré a hacer deporte y después a tomar unas cañas.

—Déjalo ya… –le advirtió–; espero que tengas todo preparado. El lanzamiento es mañana a las 07.00 h. Como te retrases, te mataré; me estoy jugando mucho con esto.

—De acuerdo.

Las 07:00 h llegaron tan rápido que ni él mismo se explicaba en qué se le había escapado el tiempo. Se hallaba delante de la nave, listo para partir. Bueno, en realidad no estaba listo, pero tenía que hacerlo. Lo cierto era que tener aquella pantallita al mundo real le tranquilizaba un poco. Igual, no era tan terrible después de todo… A fin de cuentas, contaba con una gran experiencia.

—Buena suerte –dijo su amigo y le abrazó–.

Él respondió al abrazo afectuosamente; en aquel momento no habría negado a nadie una despedida en condiciones, cuando menos a él.

—Espero verte cuando baje de este cacharro.

—Aquí estaré.

Subió, se acomodó como pudo y esperó. Estaba nervioso. “Será la última vez.” –se prometió–. De joven, aquello había sido un  sueño, pero cuando formó una familia, no hubo un solo día en que no deseara haberse hecho fontanero y pasar más tiempo en casa.

“Motores encendidos. Comenzando la cuenta atrás.” –una voz electrónica le informaba del proceso–. “10, 9, 8, 7, 6, 5, 4, 3, 2, 1…”

Notó un fuerte temblor bajo sus pies y tuvo que agarrarse al asiento con todas sus fuerzas para no salir despedido, a pesar de hallarse unido al grueso cinturón que le mantenía exento de la no-gravedad espacial. Unos minutos más tarde, todo se había tranquilizado y lo único que se divisaba por el ventanuco de la nave era oscuridad. No tenía nada que hacer más que esperar y, cuando llegase el momento, reparar el dichoso satélite. Por suerte, no tenía que tocar casi ningún botón; todo estaba perfectamente automatizado. Dispuesto a cumplir su única función durante el trayecto, se sentó inmóvil y su mirada se escapó por el cristal.




Ella se secó las lágrimas en la manga de la chaqueta. No podía creer que él acabase de partir y ya le estuviese echando de menos. Miró a su hija, dormida en el carrito y subió la cremallera de su abriguito; había comenzado a refrescar. O quizás era ella, que se había destemplado a causa del mal trago, pero no quería arriesgarse. Dio media vuelta y marchó hacia casa tan desconsolada como las otras veces. Al llegar, acomodó a la pequeña en la cuna y puso té a preparar; en esos momentos no había una bebida mejor para calmar los nervios. Se sirvió una taza y encendió la televisión, como si aquello fuera a hacerle olvidar que tendría que pasar dios sabía cuánto tiempo lejos de su marido, perdido entre las estrellas.

Las horas pasaron extraordinariamente lentas, como si una fuerza sobrenatural se hubiera propuesto hacerlo todo más insufrible todavía. La espera de que ocurriera algo, cualquier cosa, la agotó tanto que, por lo menos, a la hora de acostarse tuvo suficiente sueño como para dormir de un tirón.

No tenía despertador, pero eso no la libró del fastidio de madrugar. La pequeña estaba despierta y exigía a gritos que el resto del mundo la  acompañase en su vigilia. Se levantó un poco más animada que la noche anterior y la acunó en sus brazos. En seguida calló. En el fondo, sabía que lo único que la niña quería era eso y no debía permitirlo, pero aquel no era el mejor para comenzar con su educación. Estaba demasiado cansada. Ambas desayunaron y cuando el sol se dejó ver, pensó que sería agradable ir a tomar el sol al parque donde solían ir todos juntos. Así pues, se vistieron y salieron con el viento matutino como única compañía.




La tarde se le había hecho insoportable. El único libro que le habían  dejado llevar en aquel viaje había sido devorado con una ferocidad antes desconocida para él y el resto del tiempo solo había podido dedicarse a pensar, cosa que, en aquella situación, no había sido muy agradable.
Por la mañana se encontraba un poco mejor, aunque tampoco sabía qué iba a hacer con todas las horas que quedaban hasta llegar a su destino. Miró el reloj; eran casi las tres. Como si el monitor fuera a moverse de su sitio, flotó hasta ponerse a su altura lo más rápido que pudo y lo encendió. Solo había interferencias y unos molestos puntos blancos y negros en la pantalla; aún faltaban unos minutos para que comenzara el horario de retransmisión. Por fin, las tres en punto. La bruma de minúsculas partículas comenzó a disiparse dando lugar a una imagen más o menos nítida. “No puede ser –pensó al ver la imagen-; ese es nuestro parque. ¡Es nuestro parque!” Le hizo tanta ilusión reconocer el lugar que tenía ante sus ojos, que por un instante se olvidó de dónde estaba. Se quedó mirando la pantalla, atónito. La gente paseaba con tranquilidad a la luz del sol y la mayoría cargaba con una fina chaqueta. “Habrá refrescado –pensó–.” Trató de memorizar cada detalle que salía en la pantalla, como si no quisiera perder ni un segundo de las cinco horas durante las que podía volver a su mundo.




Definitivamente, hacía fresco. Habían salido hacía media hora y en  seguida llegarían al parque. Ella respiró con alivio; habría sido un fastidio tener que volver a por las chaquetas; menos mal que se le ocurrió meterlas en el carrito de Clara en el último instante. En cuanto llegaron, esta quiso bajarse a toda costa y revolcarse por la arena de la zona infantil. Como era de esperar, gritó y rabió hasta que su madre, cansada, cedió y dejó que se acercara gateando a los otros niños. Mientras la vigilaba, se sentó en un banco y puso la radio en el móvil. Las primeras noticias del día ya estaban siendo retransmitidas. Las temperaturas iban a bajar y el partido de béisbol que había tenido a toda la ciudad en ascuas durante el día anterior había tenido resultados nefastos para las calles, que ahora se encontraban llenas de basura. Esto había provocado una rebelión por parte de los barrenderos quienes, hartos de que pasara siempre lo mismo, se habían negado a limpiar en la zona norte.

De repente, cuando iban a hablar sobre economía, las noticias se cortaron con brusquedad. “Interrumpimos las noticias para informarles de  un reciente descubrimiento –anunció una voz que ella no había oído jamás–. Un estudio realizado por los más prestigiosos científicos del país afirma que a la Tierra le quedan aproximadamente unos cinco años de vida –al nuevo reportero, que quizás había sido contratado solo para la ocasión, se le quebró la voz y los oyentes pudieron oírle llorar amargamente–. Todavía no se saben las causas con exactitud, aunque… aunque se supone que el deterioro que le hemos causado al planeta indiscriminadamente durante estas últimas décadas ha sido el mayor problema” hubo más lágrimas–.

Ella no debía de ser la única que estaba escuchando aquel mensaje, porque rápidamente un montón de personas entraron en histeria. Algunas cogieron a sus hijos y corrieron a encerrarse en casa mientras otras, sencillamente, se quedaban mirando a la nada como si esperaran que todo fuera una broma de mal gusto. Miró a Clara –que continuaba ajena a todo el ajetreo– y no supo qué hacer.




Él seguía pegado a la pantalla; había algo en ella que le atraía casi magnéticamente. “No puede ser –rió–-; ¡no puede ser!” Acercó tanto la cabeza a la pantalla, que casi se golpea. Ahí estaban su mujer y su hija, dando un paseo por la mañana donde siempre lo hacían juntos. Una ola de felicidad le inundó de golpe. Mientras acariciaba sus siluetas en el monitor y soñaba con poder hacerlo de verdad, las lágrimas comenzaron a descender por sus mejillas. Vio a la pequeña Clara ir a juguetear con sus amigos en el barro y a su mujer sentarse en un banco. “Seguramente ponga las noticas; siempre lo hace” –pensó–. Se quedó mirando, muy quieto. No quería interrumpir aquel momento. Sin embargo, algo no iba bien. Incluso en aquella pantalla de mala definición se podía observar cómo su esposa se había quedado blanca como la nieve y giraba la cabeza hacia Clara. Por un momento, pensó que algo malo le pasaba a su hija y casi le da un infarto;  después se dio cuenta de que todo el parque estaba igual. Los ancianos aceleraban el paso y las mujeres huían con sus niños. No entendía que estaba pasando. Lo último que vio fue a su mujer siguiendo el ejemplo de las otras madres y llevándose a Clara a casa… o eso suponía. Llevaban esa dirección pero, por mal que le supiese, no podía estar seguro de nada.





“¿Qué vamos a hacer ahora? ¿Qué vamos a hacer ahora? ¿Qué vamos a hacer ahora?...” No sabía cuál era el siguiente paso que debía dar. No sabía cómo podía proteger a su hija ante aquello. Por otro lado, quedaban cinco años… Igual, podían encontrar una solución en todo ese tiempo… “Hoy en día, la ciencia avanza muy rápido” –pensó–.
Sin embargo, aquello no la tranquilizó. Llegó a casa, dejó a Clara en su habitación y cerró todo con llave; no quería ver ni oír a nadie. Necesitaba pensar. De repente, el teléfono la interrumpió; era su madre.

—¿Sara? –le temblaba la voz–.

—Sí, estoy aquí, mamá.

—Oh, dios mío, Sara, ¿te has enterado…?

—Sí, lo escuché esta mañana en la radio.

—Madre mía… ¿qué vas a hacer?, ¿Queréis venir a casa?

—Eh, esto… mamá, no creo que sea muy buena idea sacar a Clara fuera de casa. En las noticias dicen que la gente se está volviendo loca. Vamos a quedarnos en casa.

—De acuerdo, como tú quieras. Llámame si necesitas algo.

—Ya. Oye… ¿tú estarás bien?

—Sí, sí… No te preocupes por mí. Te quiero.

—Yo también te quiero. Adiós.

Colgó y comenzó a llorar; todo había sucedido demasiado rápido y apenas había podido procesarlo. Al enterarse de que todo iba a acabar en pocos años, pensó en toda la gente a la que iba a echar de menos: altos, guapos y delgados; bajitos, gordos y feos; todos los que eran alguien y también aquellos que aún no eran nadie. Iba a extrañarlos a todos por igual y le daba miedo perderlos. Aún sumida en la tristeza, se acurrucó en un sillón y continuó sollozando.





Unas ligeras turbulencias le sacaron del sueño en el que llevaba inmerso apenas unas horas. Tenía los nervios a flor de piel, no sabía qué pasaba allí abajo y, lo más importante, si su familia estaría bien. Trató de levantarse, pero un fuerte temblor hizo que se desestabilizara y saliese flotando en la dirección contraria al monitor. Cuando consiguió agarrarse a  la butaca, hizo fuerza y se sentó otra vez a observar. Ni siquiera era el horario establecido, pero daba igual. Se sentó y esperó.

Un par de horas más tarde, las chiribitas de la pantalla volvieron a aclararse para dar paso a la imagen del parque con la que había estado soñando toda la noche, sin cesar. Por desgracia, no estaban su mujer y su hija. Aquello le desalentó, pero aún así, pensó que mirar gente desconocida era mejor que dejar pasar el tiempo con la esperanza de no volverse loco, así que prestó atención. Todos estaban extraños, como alterados y había menos gente de la habitual. Aquello le sorprendió. “¿Pero qué demonios estará pasando?” pensó–. Una mujer que debía de tener más o menos su misma edad se acercó a un niño que jugaba en la arena, ajeno al  nerviosismo que le rodeaba y comenzó a golpearle. Estaba alucinando. “¿Pero qué hace esa cabrona? ¡Estate quieta!” Estuvo a punto de pegarle a la imagen. En seguida, un grupo de personas se acercó a sujetarla y consiguió alejarla del pobre chiquillo. Aterrorizado, buscó por toda la pantalla alguna imagen diferente, pero lo que vio no fue más agradable. Un soldado al que le faltaba un brazo se quedó mirando fijamente las ruedas de un coche, parecía que estuviese hipnotizado; al otro lado del parque, un hombre negro, de unos sesenta o setenta y tantos años se agachó y besó los pies a un sacerdote con quien se encontraba hablando. Cuando eso ocurrió, uno de los dos hombres que segundos antes habían estado besándose sentados en los columpios, no pudo contenerse y vomitó. Ambos, cura y negro, les miraron con desprecio y siguieron su camino. Cuando se hubo recuperado, el joven quiso marcharse también, a juego con la mujer chiflada y el soldado ensimismado.

Así pues, el parque fue quedando vacío una vez más y llegó un momento en el que, aunque no tenía nada mejor que hacer, dejó de prestar atención a su diminuta conexión con lo terrestre y se puso a dormitar. Ya no había allí que le pudiera interesar. Obviamente, algo iba mal, pero con solo esas imágenes no podía adivinar qué era. Quizás un golpe de Estado o quizás había ocurrido algún desastre a nivel nacional. No lo sabía, así que simplemente dejó de pensarlo. Cuando estaba a punto de sumirse en un sueño intranquilo de nuevo, otra sacudida le sorprendió. Esta vez fue tan fuerte que le sacó de la litera de un golpe.

—Control terrestre a Capitán Tom; repito: control terrestre a Capitán Tom. Parece que algo va mal; no sabemos exactamente qué ocurre. Lo siento. De momento no podemos hacer nada. Tendrá que esperar.

Se asustó. ¿Qué quería decir aquello? Revisó todas las luces que parpadeaban en la parte delantera de la cabina; no parecía que nada fuera mal. Aunque no estaba del todo seguro porque nunca se había visto en una situación parecida.

        —¿Puede oírme, Capitán Tom?

Quiso contestar, pero aquel cacharro no funcionaba.

—¡Sí, sí! ¡Estoy aquí, estoy aquí! –gritó con todas sus fuerzas–¿Pueden oírme ustedes?

No hubo respuesta.

         —Parece que hemos perdido el contacto con la nave… Espere las instrucciones.

Hubo más temblores, cada vez más fuertes. Se cayó y se golpeó la cabeza con un saliente. La sangre comenzó a flotar a su alrededor, tiñéndolo todo de un color muy poco alentador. Poco a poco fue perdiendo la conciencia hasta desfallecer por completo.





Sara no sabía cuántos años habían pasado ya desde que su marido se fue a aquella misión de la que nunca había regresado –creía que eran tres, pero podía ser que hubieran pasado más–. Quienes se encargaban de su rescate habían desistido mucho tiempo atrás sin que sus súplicas lograran  reanudar el proceso. Quizá en otras circunstancias hubiera tenido más sentido seguir intentándolo... Por otra parte, Clara estaba cada día más grande, aunque nunca preguntaba nada. Sabía que aquel no era un tema del que a su madre le gustase hablar, así que se limitaba a imaginar dentro de su cabecita qué habría pasado con su padre y  si alguna vez llegaría a verle, aunque solo fuera para saber qué aspecto tenía.

Unos meses después de que la terrible noticia saliera a la luz, la gente había vuelto a salir a la calle, cada vez con menos  precaución. Casi se podría pensar que se habían olvidado de todo aquello, pero no era así ni mucho menos. El impacto había sido tan grande que había repercutido en todo el sistema. Los países, las religiones, la cultura, todo había caído como fichas de un dominó. La gente prácticamente arrastraba su mísera existencia por las calles, preocupándose (o no) únicamente por vivir un día más y, los que no habían optado por ello, sencillamente se habían suicidado, convirtiéndose en ocasiones en la envidia de los vivos.
Teóricamente, quedaban aún un par de años pero, en realidad, la vida y el planeta como todos lo habían conocido ya había muerto mucho tiempo atrás. No había ya bosques donde perderse ni un mísero árbol que diese algo de frescor en las calles. Los paisajes eran yermos y desagradables a la vista. Las grandes empresas habían sido las primeras en caer el día en que la gente decidió que había que culpar a alguien de la contaminación medioambiental y todo lo que había provocado. Cuando acabaron con todas el sector empresarial, pasaron a matarse unos a otros sin control. No hacía falta un motivo; una mirada fuera de lugar o un simple comentario;  costaban diariamente la vida de miles de personas. Como consecuencia, la población había diezmado.

En medio de todo aquel caos, Sara y Clara habían conseguido  sobrevivir, pero no salían mucho de su piso, por no decir nada. Solo cuando no quedaba ni un trozo de pan que darle a Clara, su madre se arriesgaba a salir por la noche. Si estabas lo suficientemente loco como para aventurarte en las calles, podías tomar lo que quisieras.





Recuperó la conciencia y miró a su alrededor, aturdido. Recordó lo  que había ocurrido y trató de ponerse en contacto con el control terrestre, pero no hubo respuesta y terminó por desistir. Técnicamente, debería de haber llegado a su destino el día anterior, o eso creía. ¿Cuántos años habrían pasado allí abajo?... ¿Cinco? ¿Cómo de grande estaría Clara? Tenía muchas preguntas para llevar solo unos días de viaje, pero no podía contestarlas. Cuando echó un vistazo al mapa de la ruta, se dio cuenta de que ni siquiera estaba en la dirección correcta y, al intentar situarse de nuevo en el buen camino, se dio cuenta de que los controles no funcionaban en absoluto y de que estaba, simplemente, flotando a la deriva en el espacio. No había nada o nadie que pudiera oírle y, cuando menos, socorrerle. No se desesperó, pues se lo temía. Cuando aquellos cacharros comenzaban a temblar la cosa no solía acabar muy bien, eso lo sabía todo el mundo. Esperó a las tres de la tarde para ver el parque de nuevo y saber si había alguna novedad, pero las tres pasaron y ninguna imagen apareció. Ni siquiera había interferencias; simplemente, no había nada.

Con lágrimas en los ojos, cogió el libro que ya había leído tres veces en lo que iba de viaje y lo abrió por la primera página. Casi le pareció  ya un gesto automático; eso fue lo que más le entristeció: que le quedaba una eternidad para releerlo. No tenía ni siquiera un triste cuchillo con el que poner fin a su patético viaje, a todas luces fallido. Solo le quedaba esperar por una eternidad. “Una eternidad… –se repitió–. Eso suena a mucho tiempo”…





Cuando los temblores de tierra habían comenzado hacía cosa de un mes, el pánico inicial se había vuelto de unas proporciones desmesuradas. La gente corría de un lado para otro, chocándose y empujándose con violencia;  los ancianos, creyendo que ya lo habían visto todo, no se habían sentido preparados para aquellos acontecimientos y en su inmensa mayoría habían fallecido. El  mundo se descontrolaba cada vez más y más hasta que llegó un punto en el que todo empezó a desvanecerse. Unos decían que la tierra se estaba evaporando, otros que estaba siendo absorbida por algún tipo de agujero en el espacio y otros –los más sabios, tal vez– admitían que no tenían ni la más remota idea de lo que estaba sucediendo. Las calles, los edificios y la vida desaparecían sin más y en su lugar, dejaban una triste masa de barro informe. Llegó un momento en el que los supervivientes tuvieron que mudarse repetidas veces hasta llegar al último reducto de población. Sin embargo, aquello no sirvió de nada. En apenas unos días  estaban tan apretados, que la gente comenzó a matar a las personas que ocupaban su espacio o robaban su aire. Los pocos restantes fueron asesinados mientras trataban de mantenerse al margen. Una tarde, cuando Sara salía en su búsqueda –cada vez más infructuosa– de comida para Clara, fue apuñalada por un hombre… o quizá una mujer. Murió a los pocos minutos. Días después, también lo hizo Sara en medio de ninguna parte, desatendida y sola. Ambas quedaron inmediatamente olvidadas, ya que no había nadie para llorarlas; ni siquiera fue considerado una tragedia. La muerte era ya algo habitual. Ni una sola lágrima fue derramada.
De ese modo, el mundo continuó desapareciendo a un ritmo vertiginoso,  mientras sus cadáveres hacían lo propio, aunque considerablemente más despacio.





En su revisión diaria de la maquinaria de la nave –fruto, la mayoría de las veces, de su propia ociosidad–, se percató de que algo no estaba como otras veces. Aquel pilotito rojo que llevaba encendido intermitentemente los últimos días, se había apagado por fin.
Se atrevió a tocar uno de los controles al azar y, para su sorpresa, funcionó. Todo parecía indicar que la nave volvía a estar en condiciones, aunque él no sabía por qué, ni se lo preguntó. Antes de empezar a investigar más sobre el asunto, decidió comprobar, por si la suerte había decidido definitivamente ponerse de su parte, si el monitor daba señales de vida. No fue así. Volvió a centrar su atención en los mandos de la nave y, haciendo un gran esfuerzo por recordar cómo funcionaba todo aquel montón de botones, cables y demás porquerías electrónicas, trató de poner rumbo a la Tierra. Sinceramente, no le importaba en absoluto no haber completado su tarea; ya solucionaría sus problemas económicos como pudiera. Quería volver a toda costa. “¡Ya está!”

—Nuevo rumbo establecido. La ruta comenzará en unos instantes
–dijo la voz–.

No podía creerlo, volvía a casa. No podía haberse sentido más feliz en aquel momento. Imaginaba la cara de su mujer y su hija cuando le vieran llegar e imaginaba también el abrazo que les daría a ambas. Recobrado de fe y espíritu, se sentó de nuevo, pero esta vez no se durmió. No quiso. Aquel instante era demasiado perfecto. Si sus cálculos eran correctos, en unos cuatro días estaría de regreso.  


                               


Despertó mucho antes de lo habitual, pues tampoco estaba del todo dormido. Los nervios le habían impedido pegar ojo en toda la noche. Aquel era el último día que pasaba en ese cacharro.

         —La llegada se producirá en aproximadamente cuatro horas.

“Cuatro horas, podía hacerlo. Claro que sí.” Esperó y esperó y cada mensaje que le daba la voz electrónica le alegraba más y más. No había dejado de preocuparse ni un solo día por lo que había visto en el monitor, pero aquella vez era distinto. Una vez en tierra firme, podría proteger a su familia de cualquier cosa que ocurriera. Solo tenía que aguantar un poco más.

—La llegada se producirá en unos minutos. Por favor, tome asiento y abróchese con fuerza las cintas de seguridad. En ningún caso trate de abrir la escotilla principal o alguna de las secundarias. En caso de hacerlo, sepa que hay riesgo de muerte.

Antes de seguir las instrucciones que la voz automática le acababa de dar, no pudo resistirse a ir a mirar por el ventanuco, por si se veía ya la Tierra. Durante los siguientes meses de su vida, no hubo un instante en el que no se lamentase de haberlo hecho. Al asomarse, no vio nada de lo que debería verse. Un bulto pringoso y repugnante del tamaño de una sandía era todo lo que se veía en el lugar de su destino. Entonces comprendió: el  pánico colectivo, los comportamientos de la gente en el parque… su familia… Todo se había ido.

—Trayecto finalizado. Puede abrir la escotilla principal y abandonar la nave.

Golpeó tan fuerte el altavoz, que se rompió un par de huesos de la  mano o eso le pareció por el dolor que le causó. Abrió la escotilla y cuando se dio cuenta de que no había nada donde apoyarse para bajar, entró en pánico. Lloró, destrozó y golpeó cosas hasta que, el miedo irracional de que su única unión con la nave se rompiese, hizo que parara y se metiera dentro de nuevo, a esconderse como un niño. Ese fue el momento en el que quedó irremediablemente condenado a vagar por la nada hasta su muerte, puesto que no había tenido ni tendría ya el valor de salir nunca más de lo único conocido que le quedaba.
fwew
feew¡pasado allí abajo?...
os habrveces que probr.
mo aventurarte a las calles, podarle a Clara, Sara se arriesgaba a salirómoo
















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