viernes, 29 de agosto de 2014

Una tarde con Álvaro

Ayer por la noche estuve con Álvaro.
No estaba planeado, pero me llamó y me pidió que me reuniese con él en Callao.
Siempre me hace ilusión verle, así que respondí que allí estaría.
Tras unos minutos esperando, le vi aparecer por la boca de metro y vino hacia mi rápidamente. Me explicó que quería ver a dos amigos suyos que habían quedado a las 21:30 en Plaza de España y que quería que yo le acompañara.  No me pareció mal así que, cogí el skate que me acababa de dejar un amigo y me dispuse a seguirle.

-¿Qué haces con esa cosa?-Preguntó Álvaro divertido.

Ambos sabíamos que lo único que iba a conseguir montada en aquella cosa era darme golpes una y otra vez. Pero oye, me hacía ilusión.

-Me lo ha dejado Borja, he estado con él antes de venir aquí y me ha enseñado a mantenerme de pie.
-Ah, ¿y no se ha querido venir?-No parecía muy interesado.
-Había quedado con su vecino. Pero te manda un saludo.
-Bueno, vamos.-Me cogió de la mano y empezamos a descender la calle.

Ese momento en el que estábamos cogidos de la mano, sería el ideal para nos viese nuestra profesora de biología. Siempre nos pasaba igual. Podíamos estar todo el día separados que era reunirnos un instante y ¡pum! allí estaba ella, acechando y sonriendo. En fin, se debe de creer que es un lince, descubriendo relaciones en el alumnado. Es gracioso en el fondo.
Yo pensaba que íbamos a ir directamente a Plaza España, pero Álvaro paró bruscamente en la entrada a una callejuela y yo me golpeé el tobillo con el monopatín.
-¿Pero qué…?-Álvaro tiró de mi.
-Mira tía, allí vive uno. Seguro que han quedado para venir a su casa, vamos a ver si están, porfa.
-Vale.-Me sentí James Bond. Espionaje total, me encantaba.
-Pero primero asómate solo tú, anda, que no quiero que me vean.
-Bueno vale, pero dime cómo son.
-Pues uno es rubio y bajito y el otro es ese tío de Instagram.
-¡¿Qué dices?!, ¿en serio? No me lo puedo creer. ¡Si ese tío es un pesado!-Me entró la risa.
-¡Venga, mira a ver si están!-Creo que no le hizo gracia gracia que me riera…
-Vaaaaaale.-Aún sonreía.
Al asomarme a la callejuela lo único que vi fue un grupo de personas congregadas a la entrada de un edificio, pero ninguno encajaba con la descripción. Como Álvaro no se fiaba, tuvimos que recorrer la calle de arriba abajo como alma que lleva el diablo, por si ‘’nos veían’’.
Seguimos pues nuestro camino, ya quedaba poco. En algún momento del trayecto se nos ocurrió hacer un chiste sin gracia alguna, y como siempre, una mujer empezó a reír escandalosamente a nuestro lado. No a causa de nuestro chiste, claro está. Pero últimamente siempre nos pasa igual.
Por fin, llegamos al último cruce de nuestra travesía, lo pasamos y fuimos al césped a esperar. En realidad no fue una ‘’travesía’’, pero como el monopatín pesaba lo suyo a mí me lo pareció.
-Venga, vamos a sentarnos a esperar, que solo son las 21:27. No deben de haber llegado aún, sus últimas conexiones de Whatsapp no coinciden.
Yo ya me he sentado, pero él sigue de pie, vigilando.
-Me das miedo.-Ahora en serio, me pareció súper siniestro.
-Tía creo que no van a venir, seguro que han quedado en su casa. Vamos a volver allí.
-Pfff, vale.

Nos levantamos y fuimos hacia el cruce que acabábamos de pasar.
De repente, frenamos en seco y otra vez, mi monopatín desplegó su furia contra mi tobillo. Pesaba como un condenado.

-¡Ay Dios!, ahí hay uno.-Álvaro estaba temblando.
-¿Quién, el de la esquina?-No llevaba las gafas puestas así que entorné tanto los ojos que debí de parecer retrasada.
-Sí, tía tú vigílale que yo me escondo aquí detrás.-Se fue corriendo a la parte trasera de un puesto de helados.
-¡Ay madre!, que llega el otro, ¡Álvaro, que llega el otro!-Al final, como siempre, acabó por contagiarme su entusiasmo.
-¿Qué dices?, tía, ¿en serio?
-Sí, sí.
-¿A ver?, pfff… joder lo sabía…-No pudo aguantarse y salió corriendo de detrás del puestecillo.
Vimos como se daban dos besos y se iban rumbo a la casa del rubio bajito.
-¿Qué, les seguimos?- Ya no quería quedarme con la intriga.
-Sí, vamos.-Me cogió de la mano nuevamente.

Nos pusimos para cruzar y mientras estábamos esperando que se pusiera verde observamos que los chicos cambiaban el rumbo y se disponían a cruzar también, justo hacia donde nos encontrábamos nosotros.

-¡Mierda!, ¡Álvaro que vienen!
-Ay Dios, ¿qué hacemos?
-No sé, finge que estamos hablando.
-¿Saludamos a esas chicas?-Dijo de repente.
-¿Qué?-No sabía de qué me estaba hablando.

Antes de que me enterase, Álvaro se había puesto a hablar con dos chicas que no conocíamos de nada.
Creo que la conversación fue algo como:
-Chicas necesito vuestra ayuda.
Las chicas no respondieron. Normal, yo tampoco lo habría hecho. Puto loco…
-¿Estáis asustadas? Si queréis podéis marcharos, eh.
-No, no, qué va.- No sé por qué mintieron, sí estaban asustadas, que lo vi yo.
-Mirad es que al otro lado del cruce están dos chicos que me gustan, juntos y me siento un poco…horrible. ¿Comprendéis, no?
-Ay pobre, que putada…-De repente se mostraron muy colaboradoras y yo aluciné, literalmente. Yo habría salido corriendo largo tiempo atrás. Luego soy yo la rara.
-Sí, la verdad. Pero bueno, chicas, al grano. Fingid que nos conocemos…
 Venga que ahí vienen. Dadme dos besos.

En aquel momento fue cuando decidí que, definitivamente, yo iba a mantenerme al margen de aquella conversación.
Así, los tres se saludaron muy afectuosamente y los chicos a los que seguíamos pasaron a nuestro lado sin inmutarse. O eso creíamos nosotros.

-Bueno, nosotras ya vamos a cruzar, que es la tercera vez que se pone en verde.  Un placer.-Dijeron las chicas a la vez que reanudaban su paseo.
-¡Adiós! ¡Y gracias!

Álvaro y yo nos quedamos mirándonos. Lógicamente él no lo sabía, pero yo reía por dentro. Siempre me pareció curioso que en el colegio fuese tan tímido y que fuera, en momentos como aquel, se desmelenase de tal forma. En el fondo eso me encantaba. Todo el mundo creía conocerlo. ¡Já!

-Creo que se han ido por allí.-Le dije señalando en una dirección.
-Creo que ya no les vamos a ver. Mira, mejor vamos a sentarnos anda, que estoy cansado.- El humor le cambió de repente. Se puso triste.
-Como quieras.
Cruzamos la plaza y nos sentamos en frente de la fuente.
Cuando me miró, vi que estaba realmente deprimido y eso no me gustó nada.
-Es que, ¿sabes?, siempre tengo tanta mala suerte…
Siempre está con esa idea. Tengo que reconocer que no todo le sale bien, pero como a todo el mundo.
-Seguro que hay algo que sí te sale bien.-Le dije.
-Que te digo que no, joder.-Testarudo como él solo…

Así, cara a cara, estuvimos un rato y él habló y habló. Habló todo lo que tenía que contar y no tenía a quien. Todas las cosas que le disgustaban y que no se atrevía a mencionar. Habló, y desveló muchas cosas que en este relato no se pueden reflejar.
Cuando terminó, noté que estaba a punto de llorar y eso me partió literalmente el corazón.

-Si te pones a llorar voy a llorar yo también.-Le avisé. No era broma. Siempre me pasaba igual.
-No pienso llorar.-Dijo en seguida.
-Vale, vale.

De pronto, y sin tener en cuenta el momento dramático que allí se estaba viviendo, unos puntitos de colores inundaron la plaza, que ahora se encontraba iluminada y formaba un precioso espectáculo. No sabíamos de dónde habían salido, eran como pequeñas pegatinas redondas de colores a las que el viento hacía revolotear por todos lados.
Álvaro miró el móvil y se echó a reír.
-Tía, no te lo vas a creer. Los dos me han bloqueado en Instagram. Los dos. Es que yo flipo.
-Joder, te juro que yo pensaba que no nos habían visto.
-Bah mira, es que me da igual. Que se jodan.
-O mejor, que no se jodan.-Apunté yo.
-Bien visto.
Estuvimos un rato en silencio mientras el viento nos acariciaba.
-Bueno, yo me tengo que ir ya Álvaro, que hasta que llegue el metro y todo…
-Vale, yo aún me quedaré un ratillo por aquí.
-¿Te vas a quedar solo? De ninguna manera…
-Que sí, que me voy a dar una vuelta por el centro, a ver si me despejo. De verdad, estoy bien.
-¿Seguro?
-Que síiiiiii… Que te pires ya, pesada.- Parecía que lo decía en serio y todo.
-Bueno vale, pero si necesitas algo me llamas. A cualquier hora. Lo sabes. Te quiero mucho.
Nos despedimos con un beso y un abrazo, como casi siempre. Y me fui. Habría preferido quedarme pero, y aunque mis padres se empeñasen en negarlo cada vez que había visita, yo tenía hora en casa.
Aún así, que  me fuera no eliminó mi preocupación, como supongo que el caminar no eliminó sus penas.


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