viernes, 29 de agosto de 2014

Memorias de una silla

Sí, has leído bien, soy una silla. A lo largo de mi vida se me han sentado encima innumerables personas y ya que vosotros, los humanos, tendéis a creer que sois los únicos que podéis escuchar y sentir la totalidad de las emociones he decidido sacaros de vuestro error. Aunque algunos se atreverán a negarlo cuando lean esto, afirmaré que no solo podemos sentir el peso o incluso ver a quien se nos sienta encima, si no que lo sabemos todo sobre esa persona: cómo es, quién es, qué hace y por qué lo hace y para demostrarlo, he decidido poner por escrito algunos hechos destacables de mis memorias.
¿Qué cómo lo he podido poner por escrito? ¿A vosotros que más os da? Ese no es el tema…

Normalmente a la gente que se me sienta encima le preocupan cosas como el dinero, el trabajo, la familia, las relaciones extramatrimoniales… Pero a veces, si tienes suerte, te toca alguna persona interesante que se preocupa por cosas menos corrientes (como la naturaleza o incluso la felicidad). Muchas veces me pregunto por qué es tan importante la felicidad para vosotros, quiero decir, a menudo está en vuestras mentes pero es algo que realmente pocos conseguís. En fin, como mientras escribo esto me siento inusualmente magnánima, he decidido ilustraros con ciertas experiencias que creo que pueden ayudaros en vuestra comprensión de esa felicidad que tanto anheláis.

En primer lugar, os hablaré de George. Debía ser un chico extranjero, de esos que vienen a estudiar desde otros países, o eso pensé yo, ya que era la primera vez que se me sentaba alguien con ese nombre. Parecía realmente deprimido, podía sentir su pensamiento de que no encajaba en esta ciudad, extrañaba a su familia y se detectaba un obvio mal de amores. Le escuché pensar que llevaba tiempo sintiéndose solo y que algo no marchaba bien con una persona. Bien, hagamos un parón aquí. Se sentía solo, muchas veces la única causa de que las personas que se me sientan se encuentren vacíos y deprimidos es la soledad. En cuanto llega alguien, se sienta en la silla de al lado y entablan conversación, su estado de ánimo mejora y esto realmente es algo que ella y yo comentamos muchas veces. De hecho, esto fue lo que pasó en aquella ocasión, llevado un poco al extremo…En fin, sigamos. Resulta de George estaba, ¿cómo decirlo?, simplemente hundido. No sé si le pasaría algo grave o es que los humanos de esas edades son mucho más intensos, pero sentía su pena y su tristeza tan claras que se me hizo el corazón astillas… Afortunadamente, y cuando ya iba a ofrecerle celulosa para que se sonase los mocos, apareció el que debía ser algo así como su compañero en alguna actividad porque los dos iban a juego con una especie de traje azul horripilante con números en la espalda. Según me comentó momentos más tarde la silla de al lado, este muchacho sentía mucho aprecio por George, un cariño especial, pero también sabía que eran hombres y que no podían demostrárselo así como así como así porque el resto de sus compañeros no lo entendería. Así pues, después de intercambiar parcas palabras, de pronto y para nuestro escándalo y sorpresa, ¡se besaron!. Y diréis: ¿a qué viene tanto escándalo?, estamos en el siglo XXI. Sí, es cierto, pero somos sillas de madera, tenemos más de 50 años y unas patas de metal. No es como si fuésemos esas alocadas sillas de plástico y colorines que hay ahora y a las que ya nada les sorprende. Todo lleva su tiempo. Lo que importa es que nada más ocurrir esto, ambos jóvenes se sintieron más próximos  a la felicidad. Ya sabéis, no es que estuvieran en ella por completo, pero desde luego se acercaban bastante. Después se levantaron y se fueron. Es cierto que ya no sé cómo se encontrarían después, pero tampoco es que me importe demasiado.

También me llamó mucho la atención una joven que se me sentó hará un par de días. Llevaba dentro una mezcla de temor y dudas muy significativa e inquietante. Me parecía que ni ella misma sabía bien lo que le estaba pasando. Era desconcierto en el sentido más puro de la palabra. Realmente no sé si vuestras mentes comprenden lo que digo, pero es igual. El caso es que pudo pasarse fácilmente cuarenta minutos sentada en absoluto silencio, ni siquiera tenia un cacharro de esos en los que los humanos que os sentáis escucháis compulsivamente a otra gente chillaros en la oreja. Particularmente yo lo encuentro muy molesto, pero creo que ya no hay nada que hagáis que pueda sorprenderme. Tras esta eternidad de reflexión, repentinamente hubo un silencio en su interior, una inmensa quietud y de repente, ¡ahí estaba!, a lo lejos se divisaba ya un atisbo de felicidad. La joven esbozó una sonrisa y con paso firme se levantó y emprendió de nuevo su camino, esta vez con renovada confianza. Normalmente las mujeres como ella, ya sabéis, esas que no sé bien por qué se llaman entre ellas todo el rato hermanas, tienen las ideas claras, van en grupo y solo paran a descansar momentáneamente debido a su edad. En cambio, esta mujer era joven, iba sola y paró llena de temor. Supongo que después de todo, ninguno de vosotros está exento de sentirse confuso, eh. ¿Veis? Deberíais realmente plantearos ser como nosotras. Nunca tendríais dilemas existenciales y excepto cuando nos toca alguien que nos pega chicles, nuestra vida es bastante entretenida y agradable. Supongo que será porque soy una silla, pero yo nos considero el ideal a seguir.

Por último y para ayudaros lo máximo posible a equilibrar vuestras perturbadas mentes os contaré el caso que actúa de excepción a todo lo contado anteriormente.
Era yo apenas un sillín de bicicleta cuando se me sentó un hombre muy anciano. En su mente todas las ideas estaban perfectamente organizadas, fruto de una larga vida reflexiva y llena de experiencias. Sabía que tenía una buena esposa, hijos y nietos que le adoraban y sabía que aquello era bueno. Sin embargo, no sentía felicidad. Sentía calma, tranquilidad, satisfacción con su vida e incluso alegría, pero aquello no era felicidad. Tantos años como había vivido aquel hombre y aún no había sido capaz de encontrar la felicidad. Y digo encontrar porque era obvio, como en el resto de los humanos, que en el fondo la buscaba incesantemente. ¡Aún sigo asombrada de lo torpes que sois!
Este hombre llegó con estos sentimientos y con ellos se marchó, al contrario que en los otros dos casos.
Supongo que se debe a que este hombre no necesitaba sentarse para reflexionar pues llevaba mucho tiempo haciéndolo y ya no suponía para él  ningún cambio. Había conseguido ser una persona equilibrada (ojo, cosa que, como absolutamente todo, a la mayoría os cuesta mucho), pero no feliz.

Hay que tener en cuenta que solo soy una silla, y pese a ser ya infinitamente más inteligente que vosotros, mi sabiduría es limitada también. Quizá si fuese uno de esos elegantes grifos dorados o una altiva farola podría daros más detalles, pero por lo menos lo estoy intentando ¿no? ¿O habéis visto acaso las memorias de un grifo? Yo desde luego no.

En el fondo creo que los humanos sois infinitamente más simples de lo que creéis. Para ser felices necesitáis gente que os quiera, que os apoye y aclarar vuestras ideas. Pero el viaje que realizáis para encontrar la felicidad es muy variable, largo y no siempre garantiza que la halléis. Creo que he conseguido demostrar que mientras unos alcanzan la felicidad en cuanto disponen de unos breves momentos de reflexión, otros han pasado toda su vida buscando y mueren sin encontrarla. También es verdad que la duración de esta felicidad que obtenéis depende de la persona (no creo que aquellos dos jóvenes se mantuviesen felices por ese beso el resto de sus vidas, aunque como ya dije antes, me importa más bien poco). Simplemente vais obteniendo la felicidad de manera momentánea y cuantos más momentos de esta felicidad obtengáis a lo largo de vuestras vidas, más feliz habrá sido vuestra vida en conjunto, que es de lo que se trata.
¿Cuanto durará el viaje de este lector? ¿Conseguirá encontrarla? No lo sé, solo soy una silla.  Me temo que para saberlo tendrás que emprenderlo.

Y esto es todo lo que, desde el punto de vista de una silla, os puedo contar.

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