viernes, 29 de agosto de 2014

Lucy

Se encontró con la caricia de la luz en sus párpados. Mmm… ¡Qué agradable sensación! Sin ninguna prisa, retiró las sábanas y se incorporó en la cama. Cerró los ojos un instante y en seguida los abrió de nuevo. Tenía muchísimas cosas que hacer aquel día.
Se levantó y se encaminó hacia el servicio mientras canturreaba alegremente. Se refrescó la cara, tomó una amplia bocanada de aire y ordenó mentalmente todas sus tareas pendientes. Después bajó a desayunar.
Como todas las mañanas, puso su CD favorito en marcha mientras preparaba el café y así, al ritmo de David Bowie, la cafetera empezó a calentarse, las tostadas a tostarse y él, a bailar.
Toda la cocina quedaba ahora inundada por el sol. Se sirvió el café en una taza, escrupulosamente lavada antes, apoyó las tostadas en un plato y salió a la terraza. Aún se escuchaba el CD. En ese instante agradeció haber hecho caso a su esposa y haber comprado aquella enorme casa con jardín, de otra manera, ese desayuno estaría siendo bajo techo, y eso hubiera sido imperdonable. Ay, su Lucy… ¡Qué afortunado había sido!

Terminó, y sin haber apagado la música, subió de nuevo a su cuarto de baño. Encontró algunas ropas de Lucy tiradas en un rincón y comenzó a reír, ¡ay, esta mujer!, ¡pero qué desorganizada, siempre igual!
Sumergido en el agua, ni siquiera se enjabonó, en la calle la suciedad lo atraparía de cualquier modo, así que se limitó a quedarse unos minutos en remojo. Por casualidad, su mirada perdida descubrió unas gotitas de sangre en el lateral de la bañera. Se apresuró a limpiarlas.
Cuando terminó, escogió aquella camiseta que hacía propaganda de su banco y unas bermudas que estaban desgastadas, pero sin ningún agujero aún. Se rascó la barba mientras se observaba frente al espejo y se recogió el pelo en una desordenada coleta.

-¡Cariño!, ¡volveré en seguida!

Bajó con ligereza las escaleras, se aseguró de haber apagado las luces, cogió las llaves y salió hacia la ciudad.
Intentó dejar el coche lo más cerca posible de su destino, pero ya se sabe que en el centro uno nunca encuentra sitio para aparcar, así que quedó un poco alejado. Se dio cuenta de que necesitaba lavarlo urgentemente,  la capa de polvo empezaba a resultarle molesta. Quizá otro día.
Recorrió todos los escaparates de la calle principal con la aparentemente tranquilidad de quien no tiene prisa, sin embargo, por dentro ardía en deseos de volver, odiaba el exterior más de lo que odiaba a la humanidad. Finalmente, se decidió por la tiendita de la esquina, la menos transitada.
Se quedo mirando a la dependienta, esperando impaciente a que le atendiese, no tenía todo el día para aquella santa mujer.

-¿Le puedo ayudar en algo?- La señorita le miró de arriba abajo, no parecía muy interesada.
-Quiero ver el vestido más caro que tengan.
-Un momento, espere ahí.

Asintió con la cabeza.
Mientras iba a buscar el vestido con desgana, él aprovechó para echar un vistazo a la tienda. No estaba mal… Si aquel vestido no le convencía estaba seguro de que podría encontrar otro sin problemas.
En seguida se le disiparon todas las dudas. Aquel era perfecto, parecía hecho por los ángeles a medida de Lucy…

-Me lo llevo.-dijo.
-Sí, en cuanto al precio...- Volvió a mirar su ropa detenidamente.
-No me importa el precio, tengo prisa. Cóbreme, por favor.- La interrumpió con brusquedad tendiéndole la tarjeta de crédito y el documento de identidad.
-De acuerdo.-Hizo lo que le pidió.

Le miraba de reojo, como si pensara que iba a echar a correr con el vestido cuando la tarjeta diese error. No obstante, aquello nunca sucedió y tras recuperar sus documentos salió de la tienda sin mediar palabra.
Estaba satisfecho con su compra, no tanto con la actitud de la muchacha que le había atendido pero no le apetecía enfadarse ahora y, además, tenía otros asuntos que atender. Bien sabía que, si lo deseaba, podía hacer que pagase sus malos modales más adelante.
Lucy quería que pasara más tiempo fuera de casa y que socializase, o al menos, recodaba vagamente haber tenido esa conversación en algún momento del día anterior. Decía que pasaba demasiado tiempo en casa. De cualquier modo, no quería enfadarla ese día así que, compró unas empanadas en el supermercado y se metió en el coche a hacer tiempo.

Por fin, estuvo de vuelta en casa y se relajó. Subió las escaleras, esta vez más despacio de lo habitual, recorriendo el pasamanos, deleitándose.
Entró en el servicio, se quitó la ropa y la apartó a un lado. Se sumergió en abundante jabón y frotó hasta desinfectarse, se vistió con su mejor traje y hasta se perfumó. Allí, en casa, estaba a salvo de la suciedad. Por último se afeitó completamente y salió. Al entrar en la habitación la vio, estaba allí sentada, tan radiante como siempre. Justo como recordaba haberla dejado. Se le iluminó la cara al verla.

-Hola- saludó.- Te he comprado un regalo. Y he estado mucho tiempo fuera, como tú querías.- Sacó el vestido de la bolsa.

Lo acercó a la ventana de manera que quedó iluminado.

-¿Me perdonarás?...

Se calló, realmente no sabía qué decir.

-No te preocupes. Sé que estás agotada. Te ayudaré con eso.

Cuidadosamente, desvistió a Lucy y la arropó con su nuevo vestido. Tuvo el detalle de perfumarla también. Después, la agarró con fuerza y logró bajarla por las escaleras sin problemas. Las primeras veces le había costado unas cuantas caídas, pero ya lo tenía dominado. La llevó al jardín.

-Estás muy callada… ¿Quieres bailar? Puedo poner música...

Durante unos instantes pareció esperar la respuesta. Dejó a Lucy sentada en una silla y le dio un beso.

-Mmm… ¡Qué bien hueles! Espérame un momento, ¿vale? No te muevas.- Le susurró al oído con una sonrisa.

Puso una música agradable y bailaron un buen rato mientras se dirigían al otro extremo del jardín.

- ¿Te encuentras bien? ¿Está todo bien así?
La retuvo muy cerca de sí, y mirándola, pensó en lo hermosa que era.
Acto seguido, tiró de una lona que se encontraba tendida en el suelo y dejó al descubierto un gran hoyo. Vaya, estaba realmente hondo...  Recordó cuando tiempo atrás, le horrorizaba lo que hacía, después recordó a la dependienta que le había atendido aquella mañana y rió. Se centró de nuevo y una sonrisa le iluminó el rostro. Había hecho eso otras veces, aquella era una más, no había razón para tanto drama. Se asomó de nuevo, miró a su preciosa Lucy, la besó una vez más y después, la dejó caer.

Esperaba haber oído el crack de algunos huesos, sin embargo, solo hubo silencio. Se detuvo un momento y cogió aire. Era extraño, nunca antes se había sentido solo al terminar. La iba a echar de menos.  Aquello no había sido planeado, no sabía que le había ocurrido aquella vez… Cuando quiso darse cuenta de lo que estaba haciendo, ya no podía parar.
Se sirvió un whisky con hielo y se sentó. Después se sirvió más whisky.
Realmente amaba lo que hacía: la planificación, la espera, la ejecución, el control… Oh, aquello era lo que más le gustaba, el control, incluso le producía cosquillas en el estómago. Más whisky.
Se levantó y entró en la casa dando tumbos. Trató de subir las escaleras pero no lo consiguió hasta su quinto intento, los otros cuatro solo dejaron un charco de babas en la alfombra. Una vez estuvo en la habitación, no tuvo fuerzas para cambiarse de ropa, se tiró en la cama y durmió.



Abrió los ojos. Tenía el cuerpo cubierto de arena, agg… ¡qué desagradable!, empezó a escupirla repetidas veces hasta que sintió que su boca estaba más o menos limpia. Tras el momento de confusión inicial se sintió rabiosa, no podía creer que después de 25 años juntos ese cerdo la hubiese matado. No sabía ni qué había hecho, se estaba bañando, como todos los días y de repente tenía sus manos en el cuello. Era idiota, tendría que haberlo visto venir, siempre había pensado que estaba a salvo, cuando era obvio que no. Durante años había sido su cómplice, su mano derecha en aquellos asuntos. ¡Por el amor de Dios!, la mayoría de las veces ella había cavado los hoyos, ¿y así se lo agradecía? Aquello no podía quedar así. Como todos los muertos, sabía que podía optar por el caminillo de luz y todo el rollo, sin embargo, no le apetecía demasiado comenzar a buscarlo. En lugar de aquello, comenzó a arañar y a quitar toda la tierra que se encontraba por encima de su cabeza con absoluta serenidad. Podía haberla engañado y, era cierto que la había matado pero, su marido nunca había tenido demasiadas luces por lo que suponía que aquel hoyo no sería muy profundo. Seguramente no tardase demasiado en lograr salir. Estaba en lo cierto.                                                    Durante el proceso perdió varias uñas, que estaban inusualmente débiles, y hubo de sacudirse repetidas veces los gusanos, que en seguida habían acudido al olor de la carne fresca. Sin embargo, aquello no la detuvo, y en unas pocas horas consiguió que su mano atravesase la última capa de tierra y se posas en suelo firme. Palpó en busca de algo con lo que ayudarse, pero no lo encontró. Continuó con su tarea hasta que hizo el agujero lo suficientemente grande como para salir por él, no sin antes perder los zapatos y por supuesto, terminar de desgarrarse las medias.
-Mierda.-Es todo lo que dijo al ver su aspecto a la luz de la luna.
Realmente esto de la muerte demacraba. Al girarse y echar un vistazo, observó una hilera de cuerpos corrompidos, agujereados por los gusanos y sobretodo, confusos. Se ve que el caminillo era difícil de encontrar.
-¿Qué ha pasado?-Preguntaba una.
-No lo sé.- respondía otra.
-¿Qué vamos a hacer ahora?- Lamentaban varias.
-Hija, estás horrible.- Dos señoritas se estaban mirando la una a la otra. Si no se conocían, desde luego la que inició la conversación era una muerta muy desvergonzada.
Lucy decidió que aquella era una buena oportunidad para tomar el liderazgo del grupo. Ella tampoco sabía cómo o por qué habían despertado pero, sinceramente, no le interesaba lo más mínimo. Quería una venganza, simple y llanamente.
-Señoritas.-Dijo alzando la voz.
No esperaba que eso bastase para callarlas, pero lo cierto es que lo hizo. Resultó que todo el aplomo que le había faltado en vida, debía de haberlo ganado en muerte. Misterios.
-Escuchen, no sé por qué ha pasado lo que ha pasado.-comenzó.- Pero lo que sí sé, es que en aquella casa vive el hombre que nos ha hecho esto.- Dijo señalando.
-¿Sugieres que entremos a matarle? ¡Yo me apunto!- Preguntó la desvergonzada mientras el resto se giraba de golpe, siguiendo la dirección que indicaba Lucy.
Estaba casi segura de que esa era la mujer de la gasolinera, aunque saberlo a ciencia cierta resultaba difícil. Tiempo atrás, ella misma se había alegrado de que su marido se encargase de aquella pesada, siempre con preguntas, menuda cotilla. Sin embargo, no consideró oportuno mencionarlo.
-No, no estoy diciendo eso. Bueno, realmente, una vez entréis podéis hacer lo que os de la gana con él, sin embargo, yo optaría por algo un poco más divertido. Ya que tuvo la amabilidad de hospedarnos en su jardín, lo menos que deberíamos hacer es una visita. ¿No creen? Señoritas, yo no pienso pasarme lo que me queda de eternidad en ese hoyo mugriento. Voy a entrar y voy a tomar la casa. Si alguien quiere acompañarme, es bienvenida.
Podría haber ido con el grupo, pero Lucy prefirió adelantarse y liderarlas, mayormente para alejarse del nauseabundo olor que desprendían. Ni si quiera le hizo falta girarse para notar que todas se habían puesto en marcha y la seguían con una putrefacta sonrisa en la cara.
Se paró delante de la puerta, levantó el felpudo y cogió una llave.
-¡Qué previsible, por favor!, ¿de dónde ha salido este elemento? Una llave en el felpudo… Lo que hay que ver.- Rio escandalosamente la  desvergonzada/mujer de la gasolinera.
Lucy la miró, pero no dijo nada. No había nada que pudiera decir para callar a ese ser. Se limitó a abrir la puerta y pasar. Todo estaba en silencio, estaba segura de que su marido estaría durmiendo durante un buen rato aún.
Las demás entraron inmediatamente y se dispersaron por la casa. En apenas unos instantes hubo un revuelo de muertas riendo, charlando y preparando café por toda la casa. Eran un buen número, unas veinte, y habían hecho buenas migas. A Lucy no le preocupó el escándalo, simplemente se sentó en el sofá a esperar. Las veía arrastrarse de un lado a otro dejando toda clase de bichos y pieles tras de sí y varias veces tuvo que reprimir las náuseas, hasta que se dio cuenta de que no podía vomitar, entonces se le pasó.



Creyó haber oído un ruido en el piso de abajo y se incorporó. ¡Uf! Todo le daba vueltas. Pensó que se lo había imaginado y se volvió a echar. Ahí estaban de nuevo. Parecían risas y platos rompiéndose.                    No podía ser, mira que había pensado veces en renovar el contrato de la alarma, pero siempre se le pasaba. ¡Mierda! ¿Qué iba a hacer? Por irónico que pareciese no tenía ni idea de cómo defenderse, nunca lo había necesitado. Los cuchillos estaban abajo y no tenía ni un mísero bate de béisbol con el que ir a investigar porque odiaba el deporte.
Decidió abrir la puerta con sumo cuidado. La cabeza ya no le daba vueltas, su cuerpo le había obligado a centrarla ante un ataque inminente. No parecía haber nadie en el pasillo, ¡menos mal! Avanzó hasta el cuarto de baño con el corazón en un puño pensando que podría encerrarse allí y esperar a que los ladrones se fueran. No obstante, al entrar, deseó arrancarse los ojos. Un repugnante saco de huesos sin ojos en las cuencas, y con la deforme silueta de una mujer se encontraba en su bañera. Presa del pánico, comenzó a correr sin saber ni siquiera la dirección en que lo hacía. La imagen de la horrible mujer ocupaba toda su cabeza, y parecía que esta iba a estallar. Prácticamente se tiró por las escaleras y alcanzó la puerta. Tenía que salir de allí, el corazón le latía tan fuerte que lo sentía retumbar y chocar contra sus costillas. Buscó las llaves en sus bolsillos con desesperación, debía de habérselas dejado arriba.
-¿Buscas esto?-Oyó una voz a sus espaldas.
Se giró. No podía ser… Lucy estaba sentada en el sofá, con la llave en la mano y sonriendo.
-¡Lucy! Pero tú estabas… estabas muerta. ¡Tú me dijiste que no pasaría nada! ¡Que estabas mejor así!
Iba a preguntar por la mujer del baño, pero se lo pensó mejor. La observó detenidamente, aún sin creer lo que estaba pasando. Estaba casi igual que siempre. La ropa estaba sucia y rota, pero ella conservaba aún todo sus órganos. Eso le alivió en cierto modo, no habría soportado verla como a la otra.
-Vaya, ¿dije eso?-Seguía sonriendo, con toda la dentadura.
Cogió la llave y se la tragó.
-Creo que vamos a pasar un tiempo todos juntos.-comentó mientras señalaba al grupo de mujeres que seguían, haciendo caso omiso de la situación, en la cocina charlando y bebiendo.-Puedes irte acostumbrando.
No lo podía creer, aquello ya era demasiado. La panadera, la farmacéutica, aquella señorita que conoció en el bar, la mujer de la gasolinera e incluso la del vecino estaban allí. Todas reunidas, bebiendo lo que a él le pareció café. O simulando que lo hacían, puesto que este solo caía de golpe desde sus bocas al suelo, donde otra mujer anciana, de quien él no conseguía acordarse, limpiaba afanosamente el desastre.
-Por favor, quedaos la casa, pero dejadme salir.- Suplicó.
 -¿Salir?, ¿desde cuándo te gusta salir? Considéralo un favor, no vas a salir. Ninguno vamos a salir de aquí, de hecho. Tú me has condenado a la eternidad, y vas a pasarla conmigo.
-Por favor…-Había empezado a lloriquear.- Lo siento, lo siento muchísimo, perdóname. Fue un accidente, no sé qué me pasó. Déjame ir. Tú dijiste que no pasaría nada…
Lucy se levantó y fue hacia la cocina.
-¿Pero qué ocurre?, si no vamos a herirte, sólo vamos a hacerte compañía. ¿Quieres un café?- Pregunto riéndose.
Pudo ver su reflejo envejecido, encerrado allí por siempre, con la piel cayéndosele a tiras en los ojos de ella. Aterrorizado, subió las escaleras, esta vez a la primera, y derrotado, se tumbó en la cama de nuevo y comenzó a llorar.

La mañana siguiente fue muy confusa, recordó todo lo que había pasado nada más despertar, como si lo hiciera de una horrible pesadilla. Sin embargo, aún albergó la esperanza de que pudiera ser solo eso, un sueño. Sin esperarlo de verdad, bajó las escaleras. No vio a nadie. Quizá, después de todo, sí había sido un sueño. Debía comprobarlo. Salió al jardín y se dirigió hacia el extremo donde había ubicado tiempo atrás los hoyos, deseando ahora no haberlo hecho nunca.
Cuando llegó, lo que encontró no fue para nada alentador, y hubo de mirarlo varias veces antes de creerlo. Los hoyos estaban vacíos, la tierra estaba revuelta, los restos de inmundicia seguían allí… Y no había ni rastro de las mujeres. Desesperado, corrió hacia la casa. Le habían cerrado la puerta. Pensó que tal vez aquella era su oportunidad para escapar de allí y giró la cabeza hacia la valla del jardín. Una niebla tan espesa que podía cortarse cubría la mayor parte de la zona, y aunque no perdía nada por intentarlo, simplemente no se atrevió a cruzarla. En lugar de eso, y mientras maldecía su cobardía, volvió hacia la puerta y, sintiéndose más humillado que en toda su vida, llamó a la puerta. Era increíble, él mismo estaba llamando a la puerta de una casa habitada por unas muertas locas. Comenzó a reír, primero unas carcajadas y después de manera histérica. Tras unos segundos, la puerta se abrió y la cajera del supermercado, o esa creía él que era (no estaba muy seguro), le hizo un gesto burlón para que entrara. Obedeció.
Habían pasado ya dos años desde la noche en que aquellas perturbadas habían tomado su casa. Lo recordaría mientras viviese. Con el tiempo, había aprendido a soportarlas y ya ni siquiera notaba el olor que había invadido toda su casa, hasta el último rincón. Ya no le molestaba levantarse y encontrarse toda clase de bichos por las paredes, ni trozos de piel por el suelo. Ni que la mujer de la gasolinera y la antigua panadera se entretuviesen pasándose su preciada vajilla por toda la casa. Era uno más. Muchas veces, hasta se encontraba el café preparado cuando bajaba a desayunar. Vivían en fría cordialidad.                  
Aquella mañana, y después de mucho tiempo sin hacerlo, fue a asearse de nuevo, (después de haberse asegurado de que no tenía compañía, claro está…) Apartó las lombrices del lavabo y se mojó la cara. Al mirarse en el espejo, se dio cuenta de que había empezado a perder las cejas. Dos semanas más tarde, de nuevo en el lavabo, observó que la mayor parte de los dientes brillaba por su ausencia y finalmente un día, no podía recordar cual, le costó distinguirse entre la multitud de muerte que inundaba la casa. Ya era una de ellas. Lo más extraño de todo es que ni siquiera sentía miedo, o ganas de llorar, o repulsión hacia sí mismo o hacia ellas. Tampoco una mezcla, no sintió nada, como hacía tiempo que Lucy había dejado de sentir ira hacia él. Simplemente bajó las escaleras canturreando y fue él aquella mañana, quien les preparó el café.
Después salió al jardín, hacía mucho tiempo que habían dejado la puerta abierta. No tenía sentido cerrarla, ya nadie quería, ni podía salir a la vida normal. Se estiró un poco y dio un par de vueltas alrededor de la casa sin pensar en nada. Se sacudió una cucaracha del brazo, pateó alguna rata… Alzó la vista y no pudo evitar fijarse en las ventanas. Estaban oscuras, como si una capa de mugre impidiese ver con claridad. Tiempo atrás hubiera subido corriendo a desinfectarlas de arriba abajo, pero aquella mañana se limitó a observar, a través del cristal, las sombras que realizaban las tareas domésticas en el interior.


No hay comentarios:

Publicar un comentario