viernes, 29 de agosto de 2014

La historia de cómo maté a mi mejor amigo


          Recuerdo muchas cosas de aquel día.
Recuerdo que me vestí de manera inusual. En lugar de mis vaqueros desgastados y mis camisetas de rock, decidí ponerme unos pantalones hippies y una camiseta de tirantes. También recuerdo que por la mañana me encontraba mal y que, por un momento, pensé en no asistir a nuestro encuentro. Para mi fortuna, con un simple Ibuprofeno pude continuar el día sin impedimentos y todo sucedió como estaba planeado. La noche anterior había recibido un mensaje suyo en Facebook. Me preguntaba qué había hecho yo aquella tarde, me contó que él no había salido, que yo había pasado de él y que, al final, siempre se sentía solo. Tengo muy presente el enfado que sentí. ‘’¿Cómo podía ser que dijera eso cuando era siempre yo la que insistía durante días para vernos?’’ Sin ir más lejos, se suponía que aquella tarde íbamos a haberla pasado juntos, pero decidió quedarse durmiendo y atrasar la hora. Siempre pasaba igual, y yo no soy idiota, así que pasé. Si prefería dormir, no tenía nada que reprochar. Haciendo acopio de toda la calma que pude encontrar, le respondí que no había sido mi culpa y que podíamos vernos otro día que él no tuviese tanto sueño. Me sorprendió verme controlando la ira tan bien. Supongo que los años de tratamiento comenzaban a surgir efecto. De cualquier modo, aquello había quedado atrás. Contestó que quería verme la tarde siguiente. ‘’¡Qué extraño!- pensé;  él nunca propone que nos veamos. Debía de estar aburrido de verdad.’’

          Continuamos hablando con normalidad de nuestras cosas. Le pregunté, bromeando, si acaso estaba viendo Tesis, película que habría visto como unas veinte veces sin exagerar. Hombre de obsesiones era él. Me dijo que no y que, como le había prometido hacía tiempo, yo era la que tendría que estar viéndola. Él sabía que eso no iba a ocurrir jamás y dijo que me odiaba. Respondí que yo le odiaba aún más. Seguimos fingiendo aquel odio y aquel enfado durante toda la conversación mientras cambiábamos de tema continuamente. ‘’Te amo’’, puso al final. Sé que no parece gran cosa, pero viniendo de él es todo un halago. Siempre había que sacarle las palabras con gancho y los piropos, aún más. Tenía una coraza de acero alrededor, de la que yo aún no tenía la llave. Ya lo había asumido. El caso es que aquello me desmoronó, da igual cuán enfadada estuviese, siempre que me decía algo de eso yo quedaba irremediablemente atontada. Qué se le va a hacer. Dije que iba a matarle. Que iba a hacerlo como en las pelis gore que tanto odiaba, con mucha sangre por todas partes. Aclaré que sería en un relato, y que me iba a regocijar mientras lo hacía. Para mi sorpresa, le gustó la idea y empezamos, incluso, a planearlo juntos. Definitivamente, aquello se llevaría a cabo, estaba decidido. Estuve muy emocionada con aquello toda la noche, dándole vueltas y vueltas para que la historia pareciese real. Además, contaba con su consentimiento, cosa que no suele ocurrir cuando quieres matar lentamente a alguien y dejar constancia de ello, pero a él también le entusiasmaba la idea.

          Era raro mi amigo, no lo negaré, pero también el mejor que había tenido y, por supuesto, al que más deseaba matar. Mientras daba vueltas al asunto, rememoré todas y cada una de las veces que había tenido que interrogarle durante horas sobre algo, solo para saber cuál era su opinión, siempre aproximada, al respecto. Me sacaba de quicio. Por no hablar de los cambios de humor tan drásticos que sufría, parecía una menopáusica. Aún así, contra todo pronóstico, dos personas tan diferentes como nosotros habían conseguido congeniar bastante bien. Lástima que aquello fuera a terminar…
En realidad no.

          En la ducha, di vueltas y vueltas a cuál sería la forma de matarlo que me daría más placer. ¿Le apuñalaría?, ¿le asfixiaría?, ¿le partiría el cuello de un golpe seco? Ensimismada, empecé a recrear en mi mente todas las que conocía, a cuál peor. Si hubiera sido una bañera, creo que me había ahogado… Al salir y ponerme el pijama, decidí que una muerte clásica sería lo mejor. Eso sí, quería sangre, mucha.


          A la mañana siguiente, casi me había olvidado del asunto. Cuando ya iba a salir para ir al gimnasio, como todas las mañanas, vi de refilón una imagen de una de esas típicas series policiacas de Cuatro. ¡Boom! Todo volvió a mi cabeza. El ver a aquella chica allí tirada, envolviendo toda la escena con su mirada, ahora vacía, me recordó que tenía cosas muy importantes que hacer. Durante el camino tampoco pude dejar de imaginarlo, me estaba empezando a cansar, quería parar un rato, pensar en otra cosa, pero no pude. El ejercicio me distrajo un poco, pero aquellas tres horas no eran eternas y, aunque al salir estaba más relajada, en seguida volví a mi reciente obsesión. ‘’¿Cómo es posible que imaginarme esto me complazca tanto?-pensé, aterrorizada por mi crueldad-.’’ Aún ahora no lo sé, el caso es que disfruté como nunca lo había hecho y todavía puedo tocar con la lengua las cicatrices que me hice en el labio cuando me mordí de satisfacción.

          Creo que eran las seis de la tarde cuando salí de casa. Todo había sucedido de golpe. Mientras comía, había decidido que, en lugar de escribirlo, con todas las complicaciones y tiempo que eso llevaba, sería muchísimo mejor hacerlo de verdad y vivirlo en toda su intensidad. La sola idea me puso frenética y ya no hubo vuelta atrás. Había escogido la navaja que utilicé cuando peregrinaba a Santiago días atrás y la había guardado en mi bolsa, junto a mis llaves y mi cartera. Deseaba llegar, en el vagón iba moviendo las piernas de manera nerviosa una y otra vez y al salir, iba correteando por las escaleras mecánicas. Al llegar a Gran Vía, nuestro lugar favorito de encuentro, él no estaba. Siempre me hacía lo mismo. Si me dejaba plantada justo ese día no iba a volver a hablarle nunca. La espera no hizo otra cosa que aumentar mi ansia  y volví a repasar todas las muertes, las formas de hacerlo, la mirada que tendría, el olor de la sangre… Allí estaba, por fin. Todo de negro, con una capa, una pegatina brillante entre las cejas y manga larga en pleno Agosto.

-¡Hola, Silvia!-dijo, y me besó-.
-¡Hola!-Saludé con la alegría de siempre. ¿Álvaro, no te asas así vestido?-me sonó como si, de haber repetido tantas veces aquella pregunta, ya fuera parte del saludo-.
-Mmm…No, no tengo calor, la verdad. Ya sabes cómo soy.
-Sí, lo sé.

          Descendimos un rato hasta llegar a Plaza España. Últimamente acabábamos siempre allí (y no me molestaba , puesto que era uno de mis lugares favoritos). Un montón de adolescentes desgreñados, con el pelo verde y llenos de piercings, tatuajes y más cosas que no supe ni nombrar ocupaban ya la plaza cuando llegamos. Estuvimos un rato en la fuente charlando mientras nos mojábamos la espalda una y otra vez con los chorros intermitentes. Le conté cosas de mi viaje, él me contó cosas del suyo, hablamos por teléfono con una amiga e, incluso, vimos a la persona que peor nos caía del colegio (no saludamos, claro está). Era una tarde estupenda, por extraño que pareciese, ambos reíamos y la imagen era la de dos amigos pasándolo bien y disfrutando de su compañía. Sin embargo, en poco rato tendría que irme y quedaba lo más importante por hacer. Le comenté si le apetecería que nos tirásemos un rato en el césped, y por respuesta obtuve un empujón para que ‘’moviese el culo’’, como decía él. Así lo hice, y juntos nos tumbamos a mirar el ocaso en un lugar más o menos apartado.

-Ya lo sabía.-me dijo de pronto-.
-¿Qué es lo que ya sabías?
-Lo que va a pasar ahora. Siempre lo he sabido.-habló sin mirarme-.

          Me dejó muy impresionada, eso mismo había dicho que diría él antes de morir cuando, la noche anterior, habíamos planeado juntos la hipotética escena.
No opuso resistencia alguna, pero no volvió a mirarme. Yo saqué la navaja con un cierto temblor en las manos, inexpertas en aquellos asuntos... y le apuñalé. Le apuñale una, dos, tres, cuatro, cinco veces con toda mi alma. Le apuñalé cuantas veces fui capaz antes de que un desconocido me separara de su cuerpo. La sangre, que aunque no contrastaba con mi ropa sí lo hacía con mi pálida piel, manó a borbotones de los agujeros que yo había creado en su cuerpo y tiñó mis manos de color carmesí. No recuerdo nada de los siguientes instantes más que la felicidad, plena, que sentí cuando la vi.
Lo único en lo que pensaba cuando alguien me arrastraba calle arriba, ante las miradas de la gente, era en lo afortunada que había sido de que hubiera salido, roja, perfecta, y no como plata líquida, como había sugerido él la noche de la planificación.




          Esa es la verdad y esa es la historia que conté a quienes me preguntaron. Supongo que el resto del mundo se enteraría igualmente. Espero con ganas ver la expresión de sus caras cuando vuelvan a verme, si algún día salgo de aquí.
          Ahora hay días en los que se me escapan las lágrimas pensando cómo pude hacer aquello y días en los que consigo recrear a la perfección los instantes de placer. Los psiquiatras que hay rondando por aquí dicen que eso es normal, que es un proceso. Me ponen nerviosa.


          Mientras yo espero que ese proceso finalice, lo único que he podido hacer ha sido contar esta historia. La historia de cómo mate a mi mejor amigo.

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