viernes, 29 de agosto de 2014

Un día en la vida


Tienes que ir al baño. 

Te levantas deprisa, miras el reloj y mientras observas molesta cómo has perdido tus últimos minutos de sueño te encaminas al pasillo. 

Hace un frío que pela. 

Querrías volver a la cama y disfrutar tus últimos instantes de gloria entre unas sábanas confortables y el edredón más grande que encontraste anoche. Sin embargo, necesitas hacer pis. Tu hermana te ha pegado la manía de beber agua constantemente. 

Te sientes más ligera, pero aún estás valorando si merece la pena pasar veintitrés de las veinticuatro horas del día en el baño o sería mejor actuar como una persona normal.


Luego te das cuenta de que no eres una persona normal, y desechas en seguida la idea.


Con estos pensamientos llegas apurada al baño, no sin antes atravesar volando el pasillo.
 

Como todos los días, te persigue algo. No sabes exactamente que es, pero una cosa horrible te persigue por el pasillo, casi puedes notar su aliento en tu nuca, es aterrador. 
Pasado el mal trago que te causa el sentimiento de muerte inminente mezclado con tus ganas de pasar al servicio, llega la hora de vestirse.


Atraviesas como alma que lleva el diablo el pasillo desierto y llegas de nuevo a tu habitación. A estas horas bien saldrías desnuda a la calle, total ¿qué más da?
La única neurona que te acompaña despierta es incapaz de distinguir si esos dos calcetines que tienes en la mano son del mismo color. Ni siquiera puedes dar la luz porque entonces la histérica de tu hermana montaría en cólera. 

En fin, ¿es acaso tan importante el color del calcetín? La respuesta es no. Coges dos al azar, los colocas sobre el resto de la ropa que te vas a poner y vuelves a correr desde tu habitación al baño. Te vistes.


Dios, que horror de uniforme, la falda está arrugada, el jersey te queda grande, no estás segura de que tus calcetines sean del mismo color, el polo tiene el cuello mal planchado y tus zapatos están desgastados en la suela porque, por si fuera poco, pisas mal.

Estás hecha un cuadro, lo sabes, pero no te importa en absoluto. Total, para lo que vas a hacer hoy... 

Inicias una nueva carrera por tu vida (esta vez hasta la cocina), engulles un vaso de leche con galletas, coges el bocadillo envuelto en papel de plata y sales de allí pitando.

Antes de volver a tu habitación haces una parada en la terraza, coges las zapatillas de gimnasia y vuelves a entrar. 

Carrera. 

En la habitación preparas tus cosas para el colegio, haces las dos mochilas, colocas cuidadosamente el abono de transportes, las llaves, el reloj, el iPod, los auriculares y el móvil encima de la cama. 
Una vez está todo ordenado exactamente como cada mañana (eres una maniática), subes la mochila de los libros a la silla y metes el bocata en el bolsillo pequeño.

Te aseguras de tener kleenex suficientes. 

Carrera.


En el baño te lavas los dientes, te quitas el aparato que llevas todas las noches (sí, también los dientes están descolocados), enchufas el secador a máxima potencia y no lo apagas hasta que tu pelo tiene ese aspecto despeinado que tanto te gusta.


Esta mañana te ha quedado bien, no todo iba a ser malo. 

Te hechas tres litros de colonia y sales de nuevo.


Carrera. 

Te pones el abrigo, introduces todas tus cosas en él (las llaves en el bolsillo izquierdo superior, el móvil en el izquierdo inferior, el abono en el derecho superior y el cable de los auriculares en el derecho inferior), te colocas el iPod enganchado en el jersey, una especie de bufanda, coges las dos mochilas, apagas la luz y te vas.

Carrera.


Sales por la puerta. 

Madre mía como pesan hoy las mochilas. 

Bajas las escaleras dando tumbos y sales del portal.
 

Carrera hacia el autobús.


Uf, has llegado a tiempo. Por lo menos, hoy no está el imbécil que siempre se te cuela. Sonríes pensando que, por fin, es él el que pierde hoy el autobús. 
No puedes evitar mirarte en el reflejo de la ventana, ves que con la última carrera tu peinado se ha esfumado y, tan rápido como vino, la sonrisa se fue. 

Pasas el abono y te quedas donde estás, porque nunca hay sitio para sentarse.

Pones la música a todo volumen y esperas. 

Te quitas una mochila y la dejas en el suelo. 

Te pisan.


Te empujan.
Te gruñen.

Te apartan.


Te pillan las puertas traseras.


Después de quince minutos de sufrimiento bajas del autobús. ¡Qué frío!


Caminas cargando con las dos mochilas hacia el cruce, está en rojo. 

Esperas. 

Pasas decidida pensando que el muñequito verde significa que no hay peligro, desafortunadamente, un motorista discrepa. 

Carrera para salvar la vida,y esta vez literalmente.
El idiota de la moto te chilla.


Llegas a otro cruce también en rojo.


Esperas. 

Cruzas y empiezas a correr para llegar a la otra mitad del semáforo, la cual se encuentra a una distancia considerable. Ves que no vas a llegar, paras.


Esperas.


Esa mitad se pone verde, cruzas. 

Todo esto sucede mientras vas cabeceando y tarareando al ritmo de la música. 

Pasas por delante de una churrería. Mmmm... ¡Qué bien huele!


Miras el reloj. 

Entras a las ocho y media y son las ocho y veinticinco.


Carrera para no llegar tarde. 

Con el vaivén se te sale el móvil del bolsillo y cae al suelo mientras tú misma lo pateas sin querer.

Llegas al último cruce de tu odiosa travesía y pasas en rojo porque no viene nadie (o eso crees).

Casi te atropella tu profesora de física. 

Llegas por los pelos, subes corriendo por las escaleras mientras arrastras con desgana las mochilas. 
Tú misma te arrastras ya también. 

Entras en clase, dejas la mochila del chandal, el abrigo y la bufanda en una percha cualquiera. Llegas a tu sitio y dejas la mochila de los libros junto con tu cuerpo, este último en la silla. 

Cabeceas un poco hasta que llega la profesora. 

Hoy toca oración, nos hacen desfilar hasta la capilla. Dentro, todo está decorado con esmero y huele a incienso. 

Cabeceas durante toda la oración. 

Regresas a clase y comentas algunas cosas con tus compañeros. La profesora pide silencio y empiezan las clases. 

Cabeceas en matemáticas. 

Cabeceas en inglés. 

Te regañan por cabecear. 

Duermes en biología. 

Llega el recreo. Sales alegremente con tus amigos y amigas, te comes el bocadillo, vas al baño (otra vez), te cuentan las últimas novedades, te informan de los líos amorosos y critican a unas cuantas docenas de personas.

Algunas cosas te importan bien poco, son tus amigos, pero no todos tienen tus mismos gustos. 

Si hablan de música, no opinas porque a ti te gusta el rock. 

Si hablan de libros, no opinas porque estás leyendo 6 libros a la vez y ninguno les interesa lo más mínimo. 

Si hablan de profesores entonces si puedes participar, pero no siempre, porque resulta que algunos de los que más odian, son los que mejor te caen a ti. 


Vuelves a clase.
 

Cabeceas en física. 

Te piden ''amablemente'' que despiertes. 

Prestas toda tu atención en historia. 

Vagueas en gimnasia. 

Por fin llega la hora de salir, pero antes de irte a casa te quedas un rato en un banco sentada con Álvaro. Es agradable su compañía.

Mientras hablamos de cosas sin sentido pasa una señora con su nieto. 
A este se le explota el globo y mientras tú gritas histérica por el susto y Álvaro se sobresalta, oyes que la abuela dice ''Niño, ¿ves como eres tonto?'' y ambos prosiguen su camino sin mediar palabra. 

Esto te parece curioso y en un ataque de simple banalidad, te echas a reír. Álvaro se te une rápidamente y estáis media hora riendo como idiotas bajo la mirada perturbada de los profesores, que van saliendo en procesión. 

Al final, eso es lo único bueno del día. 

Te despides y te vas hacia tu casa, esta vez sin la horrible prisa de la mañana porque, como es jueves,no tienes que volver. 

Llegas, dejas las mochilas en la habitación y, cómo no, vas a hacer pis. 

Te quitas las zapatillas de deporte y vas a comer. 

Se te cae el vaso de agua.
Intentas fregar el suelo.

Se te cae la fregona.

Intentas secarlo todo con papel de cocina pero los pedacitos se quedan por todas partes. 

Consigues limpiar el estropicio. 

Te sirves la comida. 

Bebes dos litros más de agua y terminas de una vez. 

Vas al baño. Te lavas los dientes y haces pis. 

Vuelves a tu habitación (ya caminando) y te pones a estudiar. Miras el móvil, estudias, vas a hacer pis...y así sucesivamente. 

Las diez de la noche. 

Te levantas, guardas tus libros en la mochila, abres la ventana y vas a ducharte.
 

Se te cae la alcachofa. 

Te echas jabón en el pelo en lugar de champú y te das un cabezazo contra la mampara por estar bailando.

Sales de la ducha. 

Se te ha olvidado la ropa interior. 

Te aseguras de que no hay nadie y cruzas el pasillo para cogerla. 

Vuelves al baño, te vistes y te secas el pelo a conciencia. 

Vas a cenar, procuras que esta vez no se te caiga nada y al terminar te pones un rato bajo el chorro de aire caliente que sale de la calefacción. 

Sales de la cocina y te sientas un rato a ver la televisión, ponen Tu Cara Me Suena, tu programa favorito. 

Cuando termina vas al baño. Haces pis, te das crema hidratante, te lavas los dientes, te pones el aparato y sales. 

Bajas la cama. Retiras el edredón, retiras las sábanas, colocas el despertador en su sitio y pones a cargar el móvil y el iPod. 

Te metes en la cama. 

Lees hasta desmayarte. 

Recobras la consciencia.
Apagas la luz y rezas por que Laura no te despierte cuando llegue.

Te desmayas de nuevo. 


Vuelta a empezar.


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